DER DÄMON DER LEINWAND

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He accedido finalmente a publicar mis "confesiones". Es algo que no me tomo a la ligera. Quisiera que todos los que me lean entendiesen que esto no tiene nada que ver con ninguna clase de auto publicidad. Durante mucho tiempo recibí ofertas para escribir una "autobiografía" y siempre las rechacé. Esta historia es tal y como se la he contado personalmente a una buena amiga, a la que he dado permiso para que la pusiera por escrito. No hay dinero por medio. Sería imposible para mí vender los sentimientos del hombre llamado Conrad Veidt.  La historia se publicará así, y así se quedará.

Tengo mis razones para permitir su publicación: deseo, como es lógico, evitar la posibilidad de que alguien pueda escribir algo accidental, superficial, incompleto y tal vez falso acerca de mí. Pero la principal razón es una gratitud sincera. En los últimos tiempos, tanta gente ha rendido homenaje a mi trabajo, tanta gente me ha expresado su simpatía e incluso me ha ofrecido su amistad -y con ella su sentimiento más sincero- que en gratitud me atreveré ahora a hablar de mí mismo.

                                                                                                  -- Conrad Veidt

 

No, no nací con un monóculo en el ojo. No soy en absoluto como puedas haber imaginado tras ver mis películas. Créeme, soy un ser humano normal, tan complicado, aislado, aturdido y con tantas caras como cualquier otro de este mundo. El paso de los años y un bagaje de experiencias me ha llevado a adquirir una filosofía muy simple. Me da igual si me sirven las espinacas crudas o con nata; si trabajo hasta la extenuación o si paso días sin hacer nada; si fumo cincuenta cigarrillos al día o no me fumo ninguno; si llueve o si brilla el sol; si el dentista me hace daño, si me aprietan los zapatos o si cierro un buen acuerdo...

Podría continuar poniendo ejemplos, pero estas pocas frases serán suficientes para dar a entender que he aprendido a aceptar las cosas como vienen, descartando lo malo, quedándome con lo bueno, tras echarles la misma clase de rápido vistazo. Otros hombres tienen aficiones concretas. Coleccionan sellos, fotografías, porcelana, juegan al golf o al bridge o van al cine. Yo no. No me he especializado en nada en particular a lo largo de mi vida, y tengo pocas obsesiones y pocas manías. Si me preguntases qué es lo que de verdad me disgusta, en este momento no sabría responderte.

Lo primero que trato de encontrar es la belleza. Y la encuentro por todas partes, y en casi cualquier persona. Un cuadro bonito, un buen libro o una canción pueden conmoverme. Esa vida propia y particular que ofrecen. Pero puedo sentir un escalofrío igualmente grato cuando echo un vistazo a la calle mojada por la lluvia, o mirando los dedos expertos de una mecanógrafa moviéndose con precisión sobre las teclas de una máquina de escribir. Me han dicho tantas veces que se me recordará como un galán de la pantalla que casi he llegado a creérmelo. Pero, ¿por qué? Tampoco me he especializado en esto. Me siento agradecido por la admiración que he recibido de las mujeres. Y me siento inseguro cuando me escriben en los términos más afectuosos. Pero esta inseguridad desaparece ante una sensación más profunda de placer y humildad. Las mujeres no te escriben porque seas una estrella de la pantalla a la que imaginan como un gran amante. Es porque de alguna manera, pequeña y misteriosa, has tenido el privilegio de llevar a sus vidas, aunque sólo sea por un momento, una chispa de romance y glamour. Recibo cartas que dicen cosas como esta: "Antes de ver tu deprimente actuación en esa película yo era infeliz. No encontraba nada interesante en la vida. De alguna manera, me has mostrado algo por lo que seguir viviendo". No creo que haya nadie que pueda evitar sentirse humilde ante confesiones como esta. Un actor de cine no consigue los aplausos y el calor del público de una forma inmediata. Las críticas y los correos que recibe son el barómetro que mide su éxito y su popularidad. Coleccionar las cartas que recibo es tal vez el habitual hobby de un actor. Pero me siento agradecido por las críticas constructivas y las sugerencias que encuentro en mi correo diario y que cada día abro y leo acompañado de la persona más importante para mí, mi secretaria, consejera, amiga, madre y amante, Lili Veidt, mi mujer.

Cuando trato de mirar atrás, me vienen a la pantalla de la mente tantas imágenes que cuando quiero detenerme en una, otra se ha deslizado ya y borrado la anterior, para a su vez ser desplazada por otra, y esta por otra... Así que lo único que tengo es un confuso mosaico de colores vivos. Y mi vida ha sido precisamente así: una línea recta y regular sobre un fondo en movimiento. Porque me resisto a reclamar que yo haya sido fundamental en mi propio éxito. He sido excepcionalmente afortunado. Ardía de ambición, lo cual por sí solo te lleva a recorrer un cuarto del camino. Llegué a desarrollar un deseo tan grande de éxito que se convirtió en algo más fuerte que yo mismo. Y se añadió la buena suerte. Nunca tuve que trasladarme de aquí a allá, ni mendigué por un trabajo, ni pasé hambre en un desván esperando un golpe de la fortuna, ni me serví de otro aprendizaje que el que me brindó una de las mejores escuelas de teatro del mundo, la Deutsches Theatre dirigida por Max Reinhardt, al que recuerdo como el mayor genio de las tablas de nuestro tiempo. Aprendí las técnicas de mi trabajo entre los mejores actores alemanes, Krauss, Lubitsch, Jannings, Murnau, y otros como ellos. Y por último -quizá debí nombrarlo en primer lugar, al hablar de las razones de mi éxito en los escenarios- hay un extraño poder que entra en mí, de forma mágica, casi, y que transmuta no sólo mi interior sino también mi propia apariencia física cuando me llaman para expresarme en el escenario o delante de las cámaras. Es difícil hablar de esto. Pero es lo más auténtico que he experimentado. Es exactamente como si fuera poseído por otro espíritu, como si algo dentro de mí activase un botón o resorte, y mi propia conciencia se fusiona con otra diferente, más grande, más viva y real.

Los más prosaicos de nosotros tenemos nuestros artículos de fe, algunos los llamamos fetiches o supersticiones. Esta transmutación de mi propio espíritu es mi particular artículo de fe. En muchos actores, el hombre y el actor son tan indistinguibles que resulta difícil afirmar cuándo empieza uno y acaba el otro. Conmigo no es así. Quizá por esta cualidad que trato de describir, el hombre en mí está agudamente diferenciado del actor. Y en este punto, mirando atrás al dibujo que toma forma en mi mente, el patrón se vuelve incluso más borroso. Veo que mi propia naturaleza ha entrelazado sus propias curvas y colores con la austeridad del diseño. Cuatro mujeres y un niño han sido las influencias dominantes en mi vida.

Pero permíteme que comience mi historia tal y como realmente empezó en una pequeña casa de Berlín Norte, el 22 de enero de 1893.

Mi nacimiento no sacudió los cimientos del Imperio Alemán ni causó mucho más que un ligero trastorno en mi casa. Alegró a mi madre, provocó un cierto orgullo en mi padre y suscitó unos lógicos celos en mi hermano, hasta entonces hijo único. Mi padre era el equivalente a un funcionario en este país. El típico padre y marido de clase media creía entonces en dos cosas -Dios y la patria. Adoraba a su mujer y su familia. Su ambición era darnos la mejor educación que pudiese permitirse, y un buen comienzo en la vida. Como otros, era paternalmente autocrático en casa, estricto e idealista. Casi fanáticamente conservador. Que yo me hiciese actor fue una de las mayores desilusiones de su vida.

De mi madre no es fácil escribir. Aunque murió hace muchos años, no puedo detenerme el más pequeño instante en ella sin emocionarme. Lo era todo para mí. Cuando mi hermano mayor murió a la edad de nueve años volcó en mi todo su amor y su exquisita comprensión. Me inspiraba protección, ayuda, tolerancia, amistad y amor. Nuestra relación era perfecta. Su influencia en mi vida ha sido incalculable.

Puedo verme a mí mismo en la escuela, un muchacho pequeño y de aspecto anémico, que respondía cuando decían el nombre de Conrad Veidt, y que terminó los estudios en el Instituto Hohenzollern sin ser particularmente feliz o infeliz, sin grandes recuerdos que conservar. Excepto por el incidente de la enfermedad que contrajo mi padre cuando yo tenía unos ocho años, y que me produjo una gran angustia, lo que es, creo, inusual es un chico tan joven. Los días pasaban y el doctor nos dijo que sólo una operación especial podía salvar su vida, tan especial que únicamente un famoso y caro cirujano de Berlín podía llevarla a cabo con garantía de éxito. El cirujano vino. Era alto, muy digno. Sus maneras eran bruscas. Me pareció maravilloso.

La operación fue un éxito. Devolvió la salud a mi padre. Cuando el cirujano volvió para comprobar que ser recuperaba, mi madre le dio las gracias. Pero llegó el momento... "Y ahora, Herr Doktor, ¿cuánto le debemos?". Él miró a mi madre. "¿Cuánto pueden pagar?", preguntó de manera cortante. Mi madre miró a mi padre y él a ella. Ambos sabían que todo lo que podían reunir no pasaba de los 150 marcos, unas siete libras en el valor de entonces. Ofrecer tal suma a un gran cirujano cuyos honorarios solían ser de cientos de libras parecía casi un insulto. "Sólo tenemos 150 marcos", dijo mi padre. "Está bien. Envíenmelos. El gran cirujano recogió su sombrero, nos dio los buenos días y abandonó nuestra pequeña casita. Sé que aceptó esa pequeña suma por generosidad ante mis padres. Este hombre y lo que hizo produjeron una gran impresión en mí. Desde ese día quise convertirme en un cirujano, para ir por ahí devolviendo la salud a la gente. Modelaría mi vida sobre la de ese gran hombre que salvó a mi padre; pero, tal y como resultaron las cosas, nunca me convertí en cirujano. Me horrorizó lo mucho que tendría que estudiar para acabar la carrera de medicina y gradualmente mi deseo fue desapareciendo ante otro más poderoso, más secreto: el de ser actor. Al principio no se lo dije a nadie. En aquellos días, y para la gente de clase media, introducirse en el teatro era algo bastante terrible. Pero el secreto me corroía y no tardé mucho en contárselo a mi madre, quien en ese punto estaba ayudándome a superar las turbulentas aguas de mi adolescencia con un tacto y una sabiduría que debían ser muy raras en esa época. Sin que mi padre se enterase, comenzó a escamotear pequeñas cantidades de dinero para que yo pudiese ir al teatro, lo cual yo hacía casi cada noche. El Reinhardt's Deutsches Theatre era en esa época uno de los mejores de Europa. Después del colegio, me ponía en la cola de la taquilla con mi marco en la mano, y me entusiasmaba con las actuaciones de los grandes actores y actrices de la época. Vi cada obra y cada ópera. Era temporada, así que cada noche resultaba diferente. Luego caminaba las dos millas que separaban Berlín Oeste de nuestro suburbio porque no tenía dinero para el tranvía, con la cabeza llena de sueños en los que yo tomaba parte en esas actuaciones y deslumbraba al mundo.

Conrad Veidt y Paul Leni  En la entrada a la galería del teatro solía estar un comisionado con una larga barba blanca. Comenzó a reconocerme y trabamos amistad. Una noche hablamos. Le confesé mi ambición. Me ofreció llevarme a ver a un actor llamado Albert Blumenreich, que dirigía una escuela para aspirantes en su tiempo libre. Así que fuimos. "Este joven caballero quiere ser actor", me presentó. Herr Blumenreich sonrió y me miró de arriba a abajo, calibrándome con descaro. "Vaya -dijo-, de modo que quiere usted ser actor. ¿Qué sabe hacer? Recíteme algo". Yo conocía el "Fausto" de memoria, y le recité unas líneas del primer acto. Sobreactué, claro, pero puse cada gramo de mí en el recital. Herr Blumenreich no dijo nada durante unos minutos. "Tendrá que pagar por las lecciones", me dijo al final. Yo supe que le había gustado, porque mi amigo comisionado me había advertido que Blumenreich se negaba a que los que no tenían aptitudes le pagasen nada. ¡Ya estábamos! El dinero era mi principal obstáculo. En el bolsillo no tenía un marco. "¿Cuánto es?", dije. "Diez marcos la sesión". ¡Diez marcos! Ni siquiera podía imaginarme reuniendo esa cantidad. "Quizá pueda dejarlo en cinco marcos la sesión", corrigió Blumenreich. Pero esto tampoco me servía. Me quedé allí de pie, infeliz, sin saber qué decir. "No puede permitirse cinco marcos". Yo negué con la cabeza. "Está bien, le daré diez lecciones gratis. Si muestra aptitudes... entonces continuaremos sin que tenga que pagar nada". ¿Regresé a casa andando esa noche, o eran alas lo que me condujeron sobre la ciudad?

Siguieron semanas de duro trabajo en la escuela de Herr Blumenreich. Descuidé mi alimentación y me volqué en el aprendizaje de cómo actuar. Mi profesor estaba contento. Al final de las diez lecciones me dijo que si trabajaba duro definitivamente podría llegar a ser actor, quizá algún día un gran actor... Poco después, se presentó con noticias. Max Reinhardt iba a celebrar una audición en el Deutsches Theatre y Blumenreich lo había arreglado para que yo pudiera ir. Esto ya no era una audición sólo ante estudiantes de la escuela. Actores y actrices de toda Alemania estarían allí, intentando captar la atención del mejor productor de Europa. Reinhardt nos reunió en una habitación en la parte de atrás del teatro. Allí estaba yo, de pie en medio de una multitud de aspirantes, con el corazón golpeándome las costillas. Reinhardt nos miró, primero deteniéndose en este hombre, luego en esta mujer... Al final fijó los ojos en mí. Pensé que debía enfatizar mi extraña apariencia. Yo era alto, mis ojos ardían, por no hablar de mi cuerpo, todo brazos, piernas y grandes manos colgantes. Se volvió a Blumenreich. "¿Quién es este?", le preguntó. "Conrad Veidt", le respondió mi tutor. Reinhardt me hizo una seña. Me adelanté. "¿Se llama usted Conrad Veidt?", dijo con suavidad. "¿Qué es lo que puede usted hacer?". "'Fausto', Herr Reinhardt", contesté. "Vaya, 'Fausto'. Recite el monólogo". Respiré, murmuré una pequeña plegaria e hice mi interpretación. Reinhardt me miraba atentamente. Cuando terminé, me dijo: "¿Puede hacer la segunda parte del primer monólogo?". Yo vacilaba. Miré a mi tutor y este, detrás de Reinhardt, movió la cabeza. Creía que intentarlo sería un desastre. Es un monólogo muy difícil. Pero yo sentí que era el momento que había estado esperando tanto tiempo. Respondí que sí. Terminé exhausto. Reinhardt me dio las gracias y siguió con otro actor.

Blumenreich me siguió fuera. "Ha sido brillante, Conrad, estupendo", me dijo, tan excitado como yo. "Has impresionado a Max Reinhardt, estoy seguro de que vas a ser un gran actor". Luego vino con un papel en la mano: un contrato como extra para el Deutsches Theatre. Cincuenta marcos al mes, sobre dos libras esterlinas con diez. Pero ya era actor, un actor...

Entonces, por supuesto, como todo muchacho que sueña con el éxito, decidí vivir mi propia vida. En los meses que siguieron no comí mucho pero fui el hombre más feliz de Alemania. Mi madre había sido excepcionalmente buena y amable conmigo pero ahora todavía lo fue más, me ayudó económicamente, me animó cuando me sentía en un aprieto, me dio todo lo que un actor, en su egolatría, necesita. Y lo más importante, creyó en mí. Solía ir al teatro casi cada noche, donde yo sólo aparecía sosteniendo algo, o moviéndome en grupo, sólo para verme. Creía que yo era alguien.

Mi padre murió. Todavía me duele pensar que al elegir el teatro inevitablemente le hizo daño. Se fue demasiado pronto para ver que yo había tomado la decisión correcta, la única que podía tomar. Yo sólo era un joven lleno de ambición, intentando conseguir algo, un poco egoísta, sin duda un ególatra. Yo seguí con mi vida, aceptando como algo natural la profusión de cosas buenas que mi madre me daba. Ella era una roca. Entonces me enamoré por primera vez. Era una joven actriz, una extra también, muy bonita. Vivía en las afueras de Berlín, cruzando un bosque.

Después de una actuación fuimos a tomar un café y nos miramos a los ojos. Creo que la vida no puede ofrecer algo mejor que estos momentos. La acompañé a casa en tren y atravesamos el bosque. ¿Has hecho algo así alguna vez? Era primavera, las estrellas brillaban suaves y exquisitas. Nos prometimos amor eterno, y luego nos separamos. Tuve que cruzar de nuevo el bosque, solo y resentido por ello. Era a principios de 1914, ese tiempo que nos parece tan lejano hoy, cuando Europa entera estaba ardiendo. Por supuesto, estaba alistado en el ejército, pero en esos días yo era un tipo debilucho. A los seis meses me habían declarado inútil para la Armada trasladándome a un lugar llamado Libau detrás del frente de Rusia. Había un teatro allí, con un escenario pequeñito, y los mandos habían improvisado una especie de compañía de teatro para las tropas. Creo que éramos bastante buenos. Hacíamos de todo, Shakespeare y otros autores, comedia, tragedia, y a los dos días cambiábamos el repertorio, apresurándonos a ensayar nuestros pequeños dramas y comedias mientras la verdadera tragedia de la muerte se escenificaba a unos pocos kilómetros. En Libau me reuní otra vez con mi pequeña muchacha del bosque. Por supuesto, nos las ingeniamos para representar a dos amantes. Pero la separación de seis meses no había reforzado nuestra unión. Descubrimos que nos apreciábamos y que éramos auténticos amigos -así ha sido hasta hoy-, pero que ese amor violento había terminado. Los dos éramos muy jóvenes. Nos dimos cuenta de que, como muchos otros jóvenes, habíamos mezclado el deseo, la afinidad y la luz de la luna confundiéndolo todo con otra cosa más grande.

En 1916 me enviaron de vuelta a Berlín al Reinhardt Theatre, donde seguí interpretando pequeños papeles. Mi deseo de triunfar nunca fue más fuerte. Era una especie de obsesión que me llevaba adelante, un ímpetu que se reforzaba a medida que hacía pequeños progresos. Muchos hombres, creo, piensan: "Oh, vale, tengo un buen trabajo. No he logrado lo que quería, pero la vida ya es lo bastante dura como para añadirse tareas uno mismo. Creo que me dormiré en mis laureles". Eso es algo que yo nunca he querido hacer. Para mí, la mitad del placer proviene de la lucha y el esfuerzo, de la sensación de batallar contra el mundo, de la competición y la posibilidad de ganar. Así que... así es como me sentía entonces. Mi madre estaba empezando a pensar que tenía razones para sentirse orgullosa de mí. Venía a verme siempre. Una noche interpreté mi papel más importante hasta la fecha, en una obra con dos actores muy famosos, Werner Krauss y Paul Wegener. Yo era un cura y recitaba doce líneas de texto. Pero eran una gema. Un crítico de un importante periódico alemán despreció mi actuación comentando que yo era tan malo que había copiado por entero a un conocido actor. Era un crítico importante, lo que decía iba a misa. Así que pensé: "Vale, soy un desastre". Créeme, no me desalentó. De alguna manera me sentí más estimulado a demostrar algo. Luego, otro famoso crítico de un semanario, el más distinguido tal vez de todo Berlín, se acercó a ver la obra. El tipo nunca iba a los estrenos porque afirmaba que era en las siguientes representaciones cuando los actores daban lo mejor de sí. Solía elegir la tercera noche, cuando ya estábamos todos engrasados y en completo ritmo. Le encanté. Un actor recuerda siempre el primer piropo. Se le graba en el corazón. El tipo escribió: "Se trata de un joven de aspecto extraño y singular, con un rostro difícil de olvidar. Sus ojos hipnotizan. Domina el escenario. Hizo que no prestara atención a los otros actores. Confiemos en que no acabe interpretando películas, porque es inevitable que los productores comiencen a pelearse por él".

Esto sucedía en 1917, y este crítico del que hablo, un verdadero hombre del teatro, aborrecía los films, pensando que no contribuían en nada al arte y a la belleza. Así era al principio. Permanecí en el Reinhardt Theatre convirtiéndome poco a poco en una estrella, con papeles más largos cada vez. Compartía escenario con los mejores, y de este aprendía una cosa, de aquél otra, dominando mi técnica, inspirado por esa atmósfera única que Max Reinhardt dirigía y gobernaba.

Desde aquella primera vez con la muchacha del bosque yo había estado tan absorbido por mi trabajo que no presté especial atención a las mujeres. Pero nunca he sido, ni podría ser, indiferente a ellas. Hubo un par de flirts, lo habitual entre compañeros que trabajan juntos en la altamente emocional e inspirada atmósfera de un teatro. Hasta que conocí a la que sería mi primera esposa. Todo está indeleble en mi mente. Fue una mañana tras una matinée, un estreno en el que por primera vez yo había interpretado un papel largo. Salí fuera, al sol de la calle, y allí estaba el habitual grupo de gente reunida en la plaza, conversando al lado del teatro. Hablaban precisamente del teatro, muy excitadamente, entre estallidos de risas y exclamaciones de admiración. Me empapé del momento. Me sentí importante. El mundo era mío. Saludé a amigos y conocidos. Eché un vistazo alrededor. En el grupo, destacando sobre los demás, vi a una mujer alta y bonita. Bueno, ya sabes lo que cuentan las historias de amor. Ojos que se miran. Una especie de impacto físico, algo vital y rápido como un relámpago, dándonos de lleno a los dos. Y supe en ese momento que daba igual cómo nos lleváramos, si nos peleábamos y nos poníamos de los nervios, o nos dañábamos el uno al otro, pero ella y yo no podíamos ignorarnos. Resultó que ni nos peleamos ni nos pusimos de los nervios. Nos conocimos y nos volvimos locos el uno por el otro. Debe decir que por entonces ella era una auténtica personalidad en Berlín. Una brillante "chanteuse", quizá la más popular cabaretera en esos días, en la cumbre de su fama. Como suele suceder con la gente del espectáculo, durante meses pareció que todo conspiraba para mantenernos separados. Yo trabajaba mucho en el Reinhardt Theatre, si no había actuación por la mañana había ensayos durante todo el día. Mi show de la tarde empezaba a las seis. Y cuando terminaba, empezaba el suyo. Por muy cansado que estuviera siempre iba a verla, no sólo porque era su novio sino porque me fascinaban sus actuaciones. Luego arañábamos una hora, mientras comíamos algo. Fue un noviazgo agotador. Tenía cierto encanto este robar tiempo al tiempo pero no ayudaba a que nos conociéramos mejor. Luego se tuvo que ir de tour a Múnich. Yo empecé a trabajar en mi primer film. El trabajo nos separaba. Así que pensé que lo mejor era casarnos. Y ahora es cuando debo detenerme, y ser sincero al responder a la vieja pregunta de rigor: ¿es posible para dos artistas estar casados?. Los matrimonios de actores que han sido felices dirán una cosa. Los que se han roto dirán otra. No puedes generalizar. Yo creo que es más duro para dos artistas ambiciosos, temperamentales, quizá egoístas, mantener la serenidad y compaginar sus ritmos. Mi mujer yo deberíamos haber sido felices porque lo teníamos todo, yo era solicitado por los productores y mi trabajo en el teatro progresaba, ella seguía triunfando. Era amable, bonita e inteligente, y además me ayudó, guiándome y aconsejándome. Estuvimos bien durante el primer año, el que considero que es el más duro en un matrimonio. Luego, no puedo explicar porqué, todo empezó a venirse abajo, error tras error. Fue como si lo que la vida nos ofrecía con una mano, nos lo quitase con la otra. No éramos celosos, no se inmiscuyó nadie. No discutimos. Si alguien tuvo la culpa fui yo. Y por otra parte, sucedió algo que me devastó, la muerte de mi madre.

                                                                

 

Conrad Veidt y Martin Wolfgang

8 comentarios:

Joaquín Huguet dijo...

Es curioso como Veidt intenta desmarcarse de una vida extraordinaria o fuera de lo común. A diferencia de Stroheim, que siempre iba con su monóculo a cuestas y ejercía de prusiano de opereta, quiso nuestro actor parecer una persona normal. Stroheim era una falsificación que, pese a su imagen prusiana, ni siquiera hablaba alemán; Veidt no necesitaba disfrazarse porque había nacido en la capital de Alemania. Por otro lado, veo algo muy germánico en su actitud: la aceptación del Destino. El Veidt de carne y hueso acepta los vaivenes del tiempo, las cosas tal cual vienen; el Veidt espiritual se desdobla como actor y se siente poseído por un demonio interior en una singular alquimia fáustica. Encantadora argucia. Frente a sus admiradores le gusta simular que es un hombre de la calle, pero en su verdadera vida- que se desenvuelve cuando sube a los escenarios o rueda en un plató- el auténtico Conrad Veidt, con sus eternos dobles en el espejo, sale a la luz. Y es cualquier cosa, salvo una persona corriente.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Caray, no se puede retratar mejor a Herr Conrad Veidt. Magistral, cien por cien de acuerdo.

Joaquín Huguet dijo...

Amigo Formica, la de Conrad es una carrera muy avanzada en las técnicas de creación de imagen. No olvidemos que el Star System americano creaba un Olimpo artificial, en el que los actores se regían en su vida pública de acuerdo a una parafernalia muy bien estudiada. Por otro lado, la forma de actuar de Veidt, su versatilidad interpretativa, me recuerda a otro de los actores que homenajeas justamente en tu blog- Lon Chaney- quien tenía el sugerente título de "el hombre de las mil caras". Herencia de la feria de variedades y del folletín. Sherlock Holmes también tenía la capacidad de disfrazarse de mil personalidades, Veidt no se iba a quedar atrás en su talento interpretativo. Es curioso que el héroe del folletín saltara a la pantalla como actor consumado. No olvidemos que uno de sus mejores cultivadores, Dickens, era un consumado actor, y que en sus novelas no está muy claro la frontera entre lo escenográfico y lo real.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Tengo que decir que este texto de Veidt, narrado con un candor parecido al de la "Historia de mi vida" de Clara Bow (cualquier día lo reproduzco también aquí con algunas bonitas fotos) me decepcionó, viniendo de él esperaba algo más excéntrico y hasta desgarrador. Es en efecto otra suerte de máscara, educadamente germánica, y nos obliga a interpretarlo, a leerlo entre líneas y a incorporarlo a esa otra imagen más grande y caleidoscópica que nos ha dejado con sus films .

Joaquín Huguet dijo...

Estoy de acuerdo contigo, hay que leer entre líneas para entrever al hombre de carne y hueso. Veidt habla de su vida con un pudor casi victoriano, que deja un poco frío al lector contemporáneo. Como muy bien dices, el verdadero personaje se reflejaba en sus films, como cuenta el artículo de Isherwood publicado en tu blog. La reacción del judío Süss/Veidt, cuando recibe un detalle de una admiradora, en el descanso de un rodaje, es ciertamente reveladora. La anécdota es francamente interesante.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

El inglés Isherwood era muy receptivo al encanto alemán, lo cual se agradece porque normalmente... es al revés.

Anónimo dijo...

Si quieren leer más artículos sobre la vida y la carrera de Conrad Veidt, le recomiendo el sitio web http://conradveidt.wordpress.com/

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Excelente página, ya la conocía, danke schön Herr Anónimo!

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