HANNS HEINZ EWERS: DIARIO DE UN NARANJO


Si hago justicia a vuestro deseo, señor consejero médico, y si lleno las páginas del cuaderno que me habéis confiado, creedme que no lo decidí sino después de una madura reflexión y un propósito deliberado. En última instancia, todo el asunto se remite a un duelo entre nosotros dos, vos, el médico en jefe de esta institución para enfermos mentales y yo, vuestro paciente, traído aquí desde hace tres días. El motivo por el cual he tenido que ser trasladado aquí a la fuerza ---- perdonad a un estudiante de derecho por utilizar preferentemente una jerga jurídica ---- es que sufro la idea fija de ser un naranjo. Y al presente vos, señor consejero médico, os habéis esforzado en probar que tal cosa no se encuentra en mi espíritu, que es solo la representación de una realidad errónea. Si vos tenéis éxito en vuestra empresa y si me hacéis compartir vuestro punto de vista, entonces yo habré sanado, ¿no es así? Si vos llegáis a probarme que no soy un hombre como los otros y la víctima de una imaginación enfermiza, consecuencia de una serie de tensiones que han desquiciado mis nervios, al igual que otros tantos millares de enfermos mentales en el mundo, vos habréis logrado que yo mismo regrese entre los vivos: esa “enfermedad nerviosa” será eliminada por vos de manera radical. Por otra parte, en tanto sea el acusado, me corresponde el derecho de hacer resplandecer la verdad.

La razón de ser de estas líneas es para vuestro convencimiento, señor honorable consejero médico, del carácter inatacable de mis declaraciones. Vos lo habéis comprobado, yo razono de manera más que sensata, sopesando cuidadosamente cada palabra. Yo deploro sinceramente la escena de anteayer, me siento desolado por haber turbado con mi comportamiento irresponsable la paz de vuestra casa. Tengamos bien atribuir este incidente a antecedentes de agotamiento nervioso y considerad que si a vos o a cualquier otro se lo envía a la fuerza y de manera traicionera a un asilo de locos, tales víctimas no reaccionarán de una manera muy diferente.

Nuestra conversación durante varias horas ayer por la noche me ha tranquilizado por completo: admito que mis allegados y mis camaradas de armas a fin de cuentas tienen la voluntad de obrar por mi bien, y por eso me encuentro aquí. No es tan solo que ellos tenían “voluntad” sino que de hecho, esta es la solución más sensata. Pues si yo hubiere de conseguir convencer a un psiquiatra europeo de vuestra formación, señor consejero médico, de la validez de mis conceptos, faltará poco para que el escéptico más inveterado se incline ante lo que podría denominarse un prodigio.

Vos me habéis rogado consignar en este cuaderno una biografía lo más exhaustiva posible relativa a mi persona; sin excluir todos los pensamientos relacionados con eso que vos denomináis ‘mi idea fija’. Yo comprendo muy bien, aun cuando vos no lo hayáis expresado de manera explícita, lo que significa para vos, servidor concienzudo de la Ciencia, obtener de la misma boca del enfermo una imagen de lo más fidedigna, lo más fidedigna posible, acerca de la etiología de su enfermedad. Estoy dispuesto a satisfacer vuestro deseo con la seguridad, según la condición expresada, que vos también me tenderéis una mano compasiva dentro de mi proceso de ‘arborificación’ que cobra hora tras hora formas más reales, lo cual supone que vos aceptaríais reconocer que hicisteis una falsa interpretación.

Consultando mis documentos, que por el momento se encuentran en vuestro poder, vos hallaréis, señor consejero médico, mi ‘currículum vitae’ detallado anexo a mi opinión abordando el examen jurídico del doctorado; este documento contiene todos los detalles externos de mi persona. A través de este examen jurídico vos os enteraréis que soy el hijo de un industrial renano, que pasé mi bachillerato a la edad de dieciocho años, que serví durante un año en un regimiento berlinés de infantería, que por otro lado, durante mi juventud solía frecuentar, en tanto era estudiante de derecho, las bancas de diversas universidades; que a intervalos, yo hacía algunos viajes más o menos importantes y que estoy preparado finalmente para la prueba del refrendatario y del doctorado.

Todo esto que se halla ante vos, señor consejero médico, en realidad tiene poca importancia para mí. La aventura que nos concierne comenzó exactamente el 22 de febrero del año pasado. Fue ese día, en ocasión de un baile de carnaval, que llegué a conocer a la hechicera que me transformó en naranjo. Escribo todo esto a riesgo de quedar en ridículo.

Sería conveniente que dijese algunas palabras de la dama a la cual fui presentado durante la fiesta. Mme. Emy Steenhop hizo una aparición notable atrayendo de manera inevitable todas las miradas. Renuncio a describir sus encantos en detalle; vos sonreirías, sin duda, considerando que la descripción de un enamorado siempre tiene algo de exagerada. Sin embargo, es un hecho cierto que ni uno solo de mis amigos, siquiera uno de mis conocidos, no se sintiese subyugado, encadenado en el instante mismo, que no se sintiese dichoso con cada mirada, con la más mínima palabra que ella se dignase dirigirle.

Por aquel tiempo, Mme. Emy Steenhop habitaba una espaciosa villa en la calle Coblence que ella misma había decorado con muy buen gusto. Ella llevaba a cabo una gran actividad: cada uno de los oficiales de húsares del rey y los miembros de las Guarniciones, la mayoría cercanas, se reunían en sus salones. Es exacto señalar que no recibía a representantes de su sexo; no obstante, creo que la única razón era que Mme. Steenhop, en tanto ella lo reafirmaba con frecuencia risueñamente, se sentía, por su vida, incapaz de soportar los chismes femeninos. Ella permaneció no más que algún momento de su existencia con una familia en Bonn.

Es comprensible que los chismorreos de un pequeño pueblo encuentren terreno fértil cuando una provocativa desconocida recorre cotidianamente las calles en su inmaculado Mercedes. Pronto comenzaron a circular los rumores más fantásticos acerca de las “orgías nocturnas” de la calle Coblence; el sensacionalista periódico local produjo un artículo donde se planteaba la cuestión de una Mesalina de los Tiempos Modernos, mientras que el artículo, que se consideraba culto, principió con el período ciceroniano: Quousque tándem. . . Os puedo asegurar, convencido por completo, que los caballeros que tuvieron el honor de ser recibidos por Mme. Steenhop comparten mi punto de vista ---- que jamás en su residencia se produjo el más mínimo incidente que pudiera mancillar la etiqueta más estricta. Un beso en la mano, eso era todo lo que permitía la señora de la casa sin distinción a todos sus pretendientes; tan solo el pequeño comandante de húsares tuvo el privilegio de apoyar su viril bigote sobre su antebrazo alabastrino. Mme. Emy Steenhop nos tenía verdaderamente dominados; debíamos dar la impresión de ser gentiles pajes suspirando por su Dama en el más puro estilo medieval o romántico.

Y sin embargo, su casa entró a declinar. En ocasión del cumpleaños de mi madre, me dirigí a mi hogar el 16 de mayo; a mi regreso, llegué a verme enormemente asombrado dado que el comandante había prohibido a sus oficiales en lo sucesivo proseguir sus visitas al domicilio de esa Circe moderna. Los diferentes Cuerpos de inmediato comenzaron a pisarles los talones, en lo que concierne a sus efectivos. Como yo exigí explicaciones, mis camaradas de armas me confiaron que su comportamiento era dictado por el Comandante del Regimiento; era imposible pensar que esos pasantes de armas frecuentasen una casa que el regimiento de húsares evitaría de ahí en más. Al respecto, de hecho ambos grupos habíanse calcado su comportamiento el uno al otro, ya en razón del hecho que bien o mal muchos de los subordinados de las distintas Guarniciones servían entre los húsares o formaban parte del Regimiento como oficiales de reserva.

Nadie, siquiera los oficiales, conocían las razones últimas de la decisión del comandante. Sin embargo, se suponía que debía tener relación con la repentina desaparición del teniente Baron Bohlen, un sujeto que, por otra parte, se había perdido de vista levantando las más extrañas conjeturas. Dado que había estado muy ligado con Harry von Bohlen, me dirigí esa misma noche al casino de húsares con la esperanza de entrever algún indicio. El comandante me recibió muy cortésmente, me ofreció una copa de champaña, pero evitó hacer la más mínima alusión al asunto que me interesaba. En el momento en que lo hice abiertamente partícipe de mis preocupaciones, aquél declinó educada aunque brevemente responder. Entonces llevé a cabo mi última tentativa.

- ¡Mi comandante! Vuestras directivas y las de las Guarniciones son contradictorias, sin duda alguna, para con vuestros oficiales y pasantes de las mismas. No me conciernen, pues hoy mismo me desligaré de mi juramento y seré dueño de mis actos.
- ¡Haga como mejor le parezca!,- respondió el comandante, de manera indolente.
- Le ruego que me escuche un instante con atención,- continué yo. – A otro no le será tan difícil no pasar por la casa de la calle Coblence; se contentará con pensar melancólicamente en uno u otro momento con aquellas bellas noches para finalmente olvidarlas. Pero en cuanto a mí. . .
- ¡Joven, vos sois el cuarto que ha venido hasta mí diciendo algo semejante! Dos de mis tenientes y uno de vuestros compañeros de la Guarnición ya han venido a verme ayer por la noche. Les di a ambos tenientes una licencia; ya se encuentran en viaje, y le he sugerido a vuestro compañero que emprenda el mismo camino. Y en cuanto a vos, no os puedo decir otra cosa. Debéis olvidar, ¿me entendéis? ¡Con una víctima basta!
- ¡Entonces aclarádmelo al menos, mi comandante!,- insistí yo.- No estoy al corriente de nada y no puedo comprender siquiera algo. ¿Acaso la desaparición de Bohlen está relacionada con vuestras órdenes?
- ¡Sí!,- exclamó el comandante.
- ¿Volvió?
- Lo ignoro, y me temo que no lo veré jamás.

Lo tomé por ambos brazos.

- ¡Decidme lo que sabéis!,- le supliqué, y sentí que mi voz vibró con un temblor que debió incitarlo a responderme.- Por el amor de Dios, decidme qué le sucedió a Bohlen y cuál es la razón de vuestra interdicción.
Aquél se soltó y dijo.
- ¡Demonios, se diría que vuestro caso es incluso más grave que cualquier otro!
Sirvió dos copas y me alargó una.
- Beba,- me dijo.- beba.

Tomé el champaña y me incliné hacia adelante.

- Decidme,- continuó él,- ¿acaso no sois vos el que recitaba poemas antiguamente?
- Sin duda,- balbuceé yo,- pero. . .
El comandante se acarició el bigote.
- En este momento, yo casi os envidio,- dijo pensativamente.- Nuestra hada os permitió merced a ellos besarle la mano dos veces. ¿Esos poemas erran vuestros? Hablaban de todo tipo de flores.
- Sí, esos poemas los compuse yo mismo,- repliqué.
- ¡Esa fue una estupidez sin nombre!,- dijo aquél, hablando para sí mismo.- Excusadme,- dijo él, levantando la voz,- no sé nada de poemas, nada en absoluto. Puede que fuesen muy buenos. En todo caso, fue la opinión del hada.
- Pero, mi comandante,- objeté yo,- ¿qué tienen que ver los poemas? ¿Querríais vos. . .?
- En verdad, yo necesito contaros otra cosa,- me interrumpió.- Pero es justamente a causa de esos poemas que lo hago. Se dice que los hacedores de poemas son soñadores. Yo pensaba que el pobre de Bohlen también escribía rimas por su cuenta.
- ¿Qué fue luego de Bohlen?,- insistí yo.
Aquél hizo como si no hubiese escuchado.
- Y los soñadores,- dijo el comandante, dando a continuación vía libre a sus reflexiones,- son justamente, en su opinión, aquéllos a quienes ellas hechizan más fácilmente. Y es mi deber advertiros, señor, en tanto pueda.-

Entonces se enderezó.

- Escuchadme ahora, puesto que es vuestra idea,- continuó seriamente.- hace una semana, el teniente Bohlen no se presentó al servicio. Envié a buscarlo a su domicilio: nadie. Con la ayuda de la policía, del Ministerio Público, intentamos todas las diligencias posibles, sin resultado. Y a pesar del breve tiempo transcurrido, luego, de mi parte, estoy persuadido de la utilidad de ulteriores esfuerzos. Los motivos personales no tienen fundamento; Bohlen poseía tierras, no tenía deudas, estaba sano y muy feliz de su carrera como oficial de caballería. No había dejado más que una lacónica esquela que me envió y no puedo confiaros el contenido en todos sus detalles.

Una inmensa decepción se apoderó de mí, de inmediato revelada por la expresión de mi rostro.

- ¡Aguardad el resultado!,- exclamó el oficial.- Confío es que os diré lo suficiente al menos para que vos os salvéis. Creo que el teniente Bohlen está muerto, que se suicidó presa de un estado de alienación mental.
- ¿Dejó dicha la causa?,- objeté yo.

El comandante sacudió la cabeza.

- No,- respondió él,- ninguna. Él solo escribió esto: Ahora me dispararé. Ya no soy más un hombre. Soy un mirto.
- ¡¿Qué?! – grité yo.
- ¡Sí,- me confirmó el comandante,- un mirto! Creía que aquella hechicera, Mme. Emy Steenhop, lo había transformado en un mirto.
- ¡Pero esos no son más que sueños sin significado!,- dije yo.

El comandante fijó nuevamente su inquisitiva mirada, plena de conmiseración, sobre mí.

- ¿Sueños?,- repitió él.- Vos le dais esa calificación. También podría decirse que son producto de la locura. No obstante, una cosa es cierta; nuestro camarada lo ha pagado con su vida. Él se creyó embrujado. Empero, ¿acaso no nos sentíamos todos un poco embrujados por esa hermosa mujer? ¿Acaso yo mismo no andaba dando vueltas en derredor de ella como un colegial? Como ya os dije, cada noche una desmesurada nostalgia se apoderaba de mí llevándome a su villa para apoyar mi bigote gris sobre su satinada piel. Por entonces, yo comprendía bien que él no iba de visita como otros de mis oficiales. El teniente primero, Comte Arco, al cual yo envié de licencia anteayer, me confesó que él había errado más de cinco horas bajo la luz de la luna delante de su villa, y creo que no fue el único en un caso similar. Yo reprimí mis votos secretos ocultándolos en una atmósfera de humor negro, permaneciendo todas las noches en el casino como el último de los presentes y dando el buen ejemplo. Os puedo asegurar que, en muchos años, no bebí tanto champaña como durante esa semana, pero nadie tiene un gusto definido. Bebed, bebed; Baco es el enemigo de Venus.

Llenó las copas hasta el borde y prosiguió.

- Fijaos vos, mi joven amigo, si alguien tan prosaico como yo no llega a dominar sus escrúpulos, si un buen mozo tan aburrido como Arco en cuanto a mujeres se mete en un asunto de paseos clandestinos, ¿acaso no estoy autorizado a creer que el caso Bohlen no se verá seguido de otros? ¡Francamente, no tengo deseos de ver a mi estado mayor convertido en un bosque de mirtos!
- Os lo agradezco, mi comandante. Desde vuestro punto de vista, vos no podríais haber actuado de otra manera a como lo habéis hecho.

Aquél se permitió una sonrisa.

- Muy amable de vuestra parte al tener a bien reconocerlo,- se complació él.- No obstante, obtendré un mayor placer si vos seguís mi consejo. Con anterioridad, yo fui el más viejo seguidor y al mismo tiempo instigador del culto diabólico de la calle Coblence; ahora tengo la impresión que mi deber es proteger a mis oficiales y tengo el presentimiento, del cual no puedo deshacerme, que esa bella criatura provocará otra inmensa cantidad de desgracias. Vos podéis pensar que soy un terco y un necio, pero prometedme que no pondréis más vuestros pies en esa casa.

Su voz se había tornado tan grave, tan insistente, que un extraño temor comenzó a invadirme también.

- ¡Sí, mi comandante! – articulé yo.
- Lo mejor para vos sería alejaros durante algunos meses, tomando el ejemplo de otros. Arco se largó a París con sus camaradas del ejército. ¡Imitadlos! Os distraeréis y lograréis olvidaros de esa hechicera.

Yo repetí.

- ¡Sí, mi comandante!
- ¡Vuestra mano! – exclamó él.

Le tendí la mano derecha; entonces la sacudió emocionado.

- Iré a preparar inmediatamente mis cosas para poder tomar el tren de medianoche,- declaré yo, con una decisión enérgica y varonil.
- ¡Excelente idea! - respondió el comandante.- Rápidamente garrapateó algunas palabras sobre su tarjeta de visita.
- Aquí tenéis el nombre del hotel donde Arco y sus amigos se hospedaron; saludadlos de mi parte; distraeos, envileceos vos mismo un poco, que no voy a poner reparos, pero por favor, ¡volved aquí sin esas sonrisas melancólicas!

El comandante pasó su dedo índice por la comisura de mis labios, tal como las hubiese querido borrar.

Corrí a casa, bien decidido a largarme dentro de las próximas tres horas. Mis cosas aún no estaban preparadas; retiré algunos efectos personales que reemplacé por otros. Luego me senté frente al escritorio y escribí una breve carta a mi padre informándole de mi proyecto de viajar y pidiéndole que me enviase a París algún dinero. En busca de un sobre, mi mirada se volvió hacia algunos documentos y cartas llegadas en mi ausencia. Me dije que tal correspondencia podría esperar hasta que volviese. Sin embargo, a pesar de eso, alargué la mano.

“Vos no la leeréis”, me dije. Jugando con una moneda, también me dije: “Si es cruz, la leeréis”.

Lancé entonces la moneda sobre la mesa: fue cara. “Bueno”, me dije, “no la leeré”.

Un instante después, me sentí irritado ante tales infantilidades y hojeé aquellos papeles. Algunas facturas, invitaciones, propaganda, y finalmente, un sobre violeta con mi nombre escrito con letras toscas y bastante grandes. Me convencí de inmediato; allí estaba la razón por la que vacilé en trabar conocimiento con mi correspondencia. Jamás había visto antes esa escritura, y sin embargo, sabía perfectamente que era la suya. Sopesé la carta con prudencia, puesto que presentí perfectamente el costo de abrirla. Bruscamente exclamé en voz baja.

- Esta vez, esto es el comienzo.

Sin pensar en nada preciso, no tenía dudas de lo que había comenzado a partir de entonces. Pero tenía miedo. Rasgué el sobre y leí:

“Amigo mío, no os olvidéis de traer esta noche las flores de naranjo.”
Emy Steenhop

La carta estaba fechada hacía diez días; la había escrito el mismo día de mi partida hacia mi hogar. En una de esas veladas nocturnas, yo le había contado que los invernaderos de mi jardín contenían naranjos en flor y ella había expresado de inmediato su deseo de poseer algunas. A la mañana siguiente, luego de mi partida, le encargué al jardinero que le enviase unos retoños.

Leí con tranquilidad aquellas líneas y deslicé la carta dentro de mi bolsillo. Luego destruí la misiva dirigida a mi padre. De mi promesa a mi superior, ningún vestigio quedó en mi memoria.
Al consultar mi reloj constaté que eran las diez; el momento en que ella acostumbraba a recibir a su corte. Ordené un carruaje y me cambié.

Me dirigí al jardinero e hice que me trajesen flores de naranjo. Finalmente, salí rumbo a la villa.
Me hice anunciar; la criada me condujo al pequeño saloncito. Me senté en el diván y comencé a acariciar la suave piel de guanaco que lo recubría.

Aquella mujer hizo su entrada, vestida con una larga bata para el té de seda amarilla. Sus negros cabellos caían de su cabeza uniformemente hasta las orejas; al llegar allí, se enrulaban conformando pequeños bucles como los que llevaban las mujeres de Cranach. Ligeramente pálida, un fulgor violáceo irradiaba de sus ojos. “Eso justifica que esté vestida de amarillo”, pensé.

- Estuve de viaje,- dije yo,- en ocasión del cumpleaños de mi madre. Tan solo me quedaré esta noche, algunas horas.

Por un instante, ella se mostró desconcertada.

- ¡¿Esta noche, solamente?! - preguntó con vehemencia.- ¡Entonces, vos no sabéis nada! – Ella se interrumpió ---- Pero, ¡naturalmente, claro que vos sabéis! – repitió ella riendo. ¡En algunas horas os habréis enterado de todo!

Me callé y tomé las flores entre mis dedos.

- ¡Ciertamente os habrán advertido! – continuó ella. - ¿Y a pesar de eso habéis recorrido el camino que lleva a mi morada? Os estoy muy agradecida.

Luego, aquella mujer susurró dulcemente.

- Estaba segura que vendríais.

Me enderecé.

- Madame, encontré vuestra carta a mi regreso. Me sentí urgido a traeros las flores.
- No mintáis más. Vos sabéis que mi carta está fechada diez días atrás, y que me habríais enviado las flores inmediatamente.

Ella tomó el ramo de mis manos y lo llevó hasta su rostro.

- Flores de naranjo,- dijo ella lentamente.- ¡Cómo me cautivan! Me observó atentamente por un instante y prosiguió.

- Vos no teníais necesidad de un pretexto para venir aquí, ¿no es así? Vos habéis venido porque lo intuisteis.

Me incliné ante ella.

- Tomad asiento, amigo mío, vamos a tomar el té.

Entonces, hizo sonar la campanilla.

Creedme, señor consejero médico, podría narraros en detalle cada una de las noches que pasé en compañía de esa dama, reproduciros para vos palabra por palabra nuestra conversación. Todo está impreso y grabado en mi memoria como en un bronce, al punto que no olvidé ni un solo gesto, el más mínimo movimiento de sus párpados. Me contentaré, sin embargo, con extraer las particularidades que aparecían como significativas para la imagen que vos anheláis obtener de mí.
Un día, Madame Emy Steenhop me dijo.

- ¿Acaso sabéis que le ocurrió a Harry Bohlen?

Le repliqué.

- Solo lo que la gente dice.
- ¿Acaso creéis que yo lo convertí en mirto?

La tomé de la mano para besarla.

- Si vos lo deseáis, mi hermosa señora,- dije riendo,- me encuentro presto a creeros.

Sin embargo, ella retiró su mano. Entonces habló y su actitud reveló tal firmeza que me estremeció:

- ¡Yo lo creo, madame!

Ella había expresado el deseo que le trajese todas las noches flores de naranjo. Una noche que le alcancé una vez más aquellos blancos pétalos, ella murmuró.

- Astolfo. Sí, voy a llamaros Astolfo. Y si vos lo deseáis, podríais llamarme Alcina.

Yo conozco, señor consejero médico, las dificultades que ha sufrido nuestra época para asimilar las viejas leyendas y cuentos. Es entonces verosímil que estos dos nombres no os digan a vos gran cosa; no obstante, ellos me abrieron al instante la inminente perspectiva de un terrible y por otra parte, grato prodigio. Si para vos Ariosto os es familiar, o si vos habéis leído alguna epopeya del Renacimiento, la bella hada Alcina será para vos una vieja conocida, tal como ella lo era a mis ojos. Ella atrapa en sus redes a Astolfo de Inglaterra, el poderoso y corpulento Roger, a los descendientes de Aymon, Renand de Montauban, el caballero Bayard y a todos los demás héroes y paladines. Y cuando tuvo bastantes aspirantes en su poder, ella los transformó en árboles.

Ella posó sus manos sobre mis hombros y me miró.

- Si fuese Alcina, ¿vos seríais mi Astolfo?

Nada dije; mis ojos hablaron por mí.

Entonces ella no pronunció más que una palabra.

- ¡Venid!

Señor consejero médico, vos sois psiquíatra y sé de la autoestima que os tenéis. He leído vuestro nombre en varios congresos y se dice que habéis desarrollado nuevas teorías. En tanto creo que un hombre jamás anda murmurando para sí todo lo que pudieran denominarse ideas nuevas, aun cuando éstas sí pueden aparecer simultáneamente en los cerebros más diversos, guardo la esperanza que vos penséis en referencias ocultas con relación a la psiquis humana que puedan ser las mías. Es justamente este presentimiento el que me inspira cierta confianza en vuestro derecho. Este pensamiento, que no es auténtico, es el elemento fundamental; sí, esta es la única verdad real. Es pueril acreditar al asunto alguna realidad. A lo que yo vea, a lo que yo me aferre o toque, yo puedo conferirle una realidad completamente diferente de lo que captan mis sentidos gracias a ciertos instrumentos igualmente muy imperfectos. Ante mis pobres ojos humanos una gota de agua aparecerá como una esfera clara y transparente; un microscopio, tal como el utilizado por los niños, me revelará que es el sitio de los más violentos combates entre infusorios. Así pues, esta será una percepción más elevada, empero no la más elevada; es cierto que en un siglo dispondremos de instrumentos científicos más perfeccionados, de la misma manera en que nosotros lo hemos hecho con los instrumentos de Esculapio. De modo tal, esta es la prueba que el conocimiento que debo a los instrumentos más extraordinarios, es también por completo tan engañoso que aquel que me entregan mis sentidos. Sea de la manera que yo aborde la materia, ésta será constantemente diferente a la idea que yo tenía. No soy tan solo incapaz de reconocer completamente la esencia de la materia, sino de que la materia misma carece de importancia. Si aplico una gota de agua sobre una estufa, la misma se vaporizará al instante; un azúcar en una taza de té se disolverá completamente. Si destruyo la copa en la que bebo, no obtendré más que los pedazos; desaparece la copa. Si un ser puede ser transformado en un instante en un no-ser, no merece más la denominación de ser. La nada, la muerte representa, de hecho, para toda materia, su ser verdadero. La vida no constituye más que la cohesión de ese ser por un corto período de tiempo. Por el contrario, el concepto gota de agua, de grano de azúcar estable, no puede ser quebrado, evaporado o fundido. Este concepto, ¿acaso no es desde ya, por derecho propio, considerado más real que la materia lábil?

Es un hecho, señor consejero médico, que nosotros los hombres, nosotros estamos hechos de materia y que nos rodea por completo; no importa que el químico pueda decirnos sin dificultad de cuántas partes de oxígeno, óxido de carbono e hidrógeno estamos constituidos. Pero si el pensamiento se manifiesta en nosotros, ¿con qué derecho podríamos afirmar que no pueda manifestarse en otros tipos de materia?

No he utilizado constantemente la palabra “pensamiento” sino la de “concepto”, señor consejero médico, porque me parece la más adecuada para circunscribir lo que voy a demostrar. Las diversas lenguas tienen una denominación específica para las palabras más diversas: es así que los italianos definen el origen de la palabra mediante el vocablo “bocca”, los ingleses dicen “mouth”, los franceses “bouche”, los alemanes “mund”; de la misma manera, las diferentes ciencias poseen su propio vocabulario específico para describir una idea similar. Eso que yo denomino “pensamiento”, el teósofo lo llama “Dios”, el místico “alma”, el médico “consciencia”; sin dudas, señor consejero médico, vos utilizareis el término “psiquis”. Pero estaréis de acuerdo conmigo en cuanto a considerar que el concepto, cualquiera sea su denominación, es la única verdad legítima.

Si luego este concepto es librado de contingencias, que es poseedor de todas las características atribuidas a un Dios personal por los teólogos y que es eterno e ilimitado, se revela en nuestro cerebro, ¿por qué no ha de manifestarse perfectamente también en todas las cosas? En todo caso, yo puedo imaginar puntos de vista más juiciosos que los cerebros de varias personas. Por otra parte, todo esto no es nada nuevo; ¿acaso dos mil millones de personas de todas las épocas no han creído, y no creen incluso hoy en día, que los animales también tienen alma? Las enseñanzas de Buda, por ejemplo, han vuelto a retomar a su cargo la teoría de la metempsicosis. ¿Qué nos impide hacer algo más y atribuir un alma a los manantiales, los árboles o los peñones, tal como se hacía en Grecia, sin duda por razones exclusivamente estéticas? Sí, yo creo que hoy en día el espíritu humano ha alcanzado un desarrollo que le permitirá detectar las almas de la mayoría de los seres organizados.
Ya he hablado de los poemas que leía a la dama y que parecieron vanos a mi comandante. Puede que tuviese razón; carezco de toda autoridad con respecto al tema. Por otra parte, aquellos versos no fueron nada más que un balbuceante ensayo de traducir al lenguaje humano el espíritu de algunas flores.

¿De dónde proviene lo que el eucalipto despierta irresistiblemente implorando brazos desnudos de mujer? ¿Por qué el asfódelo inevitablemente lleva a reflexionar sobre la muerte? ¿Por qué la glicina evoca la imagen de una blonda pastorcilla, en tanto que la orquídea nos recuerda el ‘sabat’ de las brujas y las misas negras?

Únicamente porque tales pensamientos viven en sus flores y sus árboles.

¿Creeríais vos, siquiera por azar, que todos los pueblos de la tierra consideran la rosa como el símbolo del amor y a la violeta como el de la humildad? Existen centenares de pequeñas flores que de la misma manera se presentan disimulada y modestamente como la violeta, y sin embargo, ninguna de ellas ejerce un efecto perceptible sobre nosotros. Por el contrario, si nosotros recogemos una violeta, pensamos instintivamente en la modestia. Esta impresión extraña no proviene, por otra parte, del aspecto por demás característico de esta flor, sino de su perfume. Considérese, por ejemplo, el perfume “vera violeta”, que es tan engañoso en la oscuridad que no puede distinguir de un gran ramo de violetas: jamás experimentaréis semejante impresión de modestia.

Del mismo modo, el sentimiento de virilidad eternamente triunfante que nos abraza a pesar de todo en la proximidad de un castaño en flor, no tiene nada que ver con la percepción sensible: el corpulento tronco, las largas hojas y los millares de flores luminosas semejando cirios. No es a través de la reflexión que llegamos a determinar que su fragancia casi imperceptible es la que nos revelará el pensamiento y el alma de ese árbol. Aparentemente, es opinión general que el concepto de “pensamiento” puede asumir todas las formas y aspectos posibles; puedo percibir una prueba suficiente en el hecho que un mismo pensamiento puede ser el hecho de esto o aquello.
El pensamiento no sabe de fronteras; la materia no constituye para aquél ningún obstáculo. No existen reflexión o pensamiento humano que pueda sustraerse hoy en día a la verdad ---- por otra parte relativa, como todas las demás ---- de la concepción monista del mundo; la misma nos enseña que en tanto materia, no nos diferenciamos en nada de otras. Si me siento forzado a admitir tal cosa, y por otra parte, también admitir la existencia del pensamiento ---- en su acepción específica más poderosa ---- me veré forzado en todo momento a reconocer su realidad, y no me es posible arribar a más que una sola conclusión, confirmada además por una profusión de ejemplos, a saber que el pensamiento se complace en inervar no solamente al ser humano, sino por igual a toda otra forma material que actúe desde el tronco, las hojas y las flores de un naranjo.

Pero la naturaleza fáustica de la filosofía, la doctrina de la Fe vuelta a retomar por las diferentes culturas, se verifica no más leer sus primeras palabras: “Al principio fue el Verbo”. En ese estadio hay una suerte de bloqueo no pudiendo dejarse atrás esa fase del “Logos”, en tanto que revela un aspecto determinado en toda su grandeza, de un cerebro.

Y como el cerebro humano es la cosa más perfecta sobre esta estrella apagada que se denomina Tierra, es normal que esta revelación de Logos sen encuentre en su lugar.

Pero es que los hombres, de manera similar a los místicos, creían sin razón que esta Revelación del Verbo se presentaba de improviso, como un relámpago. Esta revelación continuará consumándose como desde un principio, lentamente, paso a paso, del mismo modo que el sol atravesando la niebla, del mismo modo en que el hombre surgió de la ameba primordial. Ella es eterna y jamás ejecuta; y esta es la razón por la cual no será jamás perfecta. No existe hora ni segundo donde el Pensamiento no se revele más completo y más bello que en el instante precedente. Nosotros reconocemos permanentemente que el concepto es todo.

Y creo que una revelación de este tipo es la que se refleja en mi cerebro. Oh, no es que me considere el único privilegiado; ya os he dicho, señor consejero médico, que estoy convencido que un pensamiento no fertiliza jamás un solo cerebro. Pero en la mayoría de los casos, la simiente del espíritu se desperdicia; no llega a florecer más que en raras excepciones.
Una noche, la mujer a la que llamaba Alcina, extendió sobre toda la superficie de nuestra cama un tapiz de ramas de naranjo. Cuando me abrazaba, su pequeña nariz se apretaba contra mi cuello mientras me decía temblorosa.

- ¡Amigo mío, vos me embelesáis como las flores!

Me reí y pensé que estaba bromeando. Sin embargo, más tarde pude darme cuenta que ella tenía razón. Mi anfitriona venía temprano por la mañana a mi habitación. Ella aspiraba el aire con avidez mientras decía.

- ¡Oh, qué suave aroma! ¿Tendréis nuevamente ramas de naranjo?

Pero después de algunos días, mi habitación se vio librada de flores. Me dije que ambos podríamos habernos engañado; la nariz humana es un órgano mayormente imperfecto.

Sin embargo, mi perro de caza no se dejó engañar; su olfato era infalible.

Entonces llevé a cabo un ensayo. Hice que el perro me trajese frecuentemente de la casa o el jardín una rama de naranjo; a continuación la escondía esmeradamente y lo urgía a descubrirla a mi señal: “buscad las flores”. Aquél me traía la rama con regularidad, aun cuando estuviera bien escondida. A continuación, dejaba pasar algunos días durante los cuales no guardaba flores en la casa.
Una bella mañana me llevé al animal conmigo a un estanque donde nadar. Al salir del mismo, le grité: “¡Alí, traed las flores!” Aquel perro de caza levantó la cabeza, aspiró el aire en derredor suyo y a continuación vino instintivamente hacia mí. Me dirigí a mi cabaña y le señalé las vestimentas que pudieran estar impregnadas todavía de un cierto aroma remanente. Pero el perro las dejó de lado y volvió a acariciarme con sus narices: no había dudas; el animal olfateaba el aroma a naranjo impregnado en mi piel.

Señor consejero médico, después de llegar al punto en que alcanzamos al perro cuyo olfato estaba particularmente desarrollado, no debéis asombraros si habéis cometido el mismo error en cuanto a sospechar la existencia de ramas de naranjo en mi habitación.

Ayer noche, hacia el momento en que me dejasteis, vos recomendasteis a la criada en la sala que inspeccionase cuidadosamente la habitación en tanto yo paseaba por el jardín y la librase de todas sus ramas de naranjo. No quiero verla más; vos imaginasteis que tales ramas se hallaban ocultas en algún escondrijo y considerasteis que era vuestro deber apartar de mí todo lo que pusiese recordarme mis “ideas fijas”. Señor consejero médico, vos deberíais tener cuidado con vuestra servidumbre: obligada a buscar durante horas, por último no halló ninguna flor de naranjo: No obstante, si vos os dignáis a hacerme otra visita, vos sentiréis el aroma a naranjo que emana de mis carnes.

Un día soñé que paseaba a la hora del mediodía por un inmenso jardín, con una gran fuente circular, atravesando una pérgola de fustes de mármol resquebrajados, ubicada en medio de grandes extensiones de césped que se extendían hasta perderse de vista. Entonces vi un árbol que resplandecía con naranjas purpurinas. Y supe que yo era ese árbol.

El ligero viento jugaba con mis hojas y en un goce infinito yo extendí mis ramas. Sobre el camino de grava blanca una mujer vino hacia mí, envuelta en una amplia bata color azafrán. Las miradas que se desprendían de sus ojos violetas parecieron acariciarme como un céfiro.

Entonces mis tupidas ramas se estremecieron.

- ¡Te ofrezco mis frutos, Alcina!

Ella comprendió aquellas palabras y levantando sus brazos marmóreos, quebró una rama cargada de cinco o seis frutas doradas.

Experimente un ligero y dulce sufrimiento; me sobresalté. Ella se acurrucó cerca de mí sobre la pelliza blanquecina. Sus ojos tenían un brillo por demás extraño.

- ¿Qué hacéis? – pregunté yo.
- ¡Silencio! Ya escuché vuestros desvaríos.

Una tarde hicimos una excursión por el Rin, desde el Drachenfels hasta el monasterio Heisterbach. Tras las ruinas cubiertas de hiedra, ella se dejó caer al suelo. Sentado cerca suyo, respiré a pleno bebiendo el aire suave, hinchando mi pecho y extendiendo mis brazos hacia la lejanía.

- Sí,- dijo ella, dejando caer sus largas pestañas sobre sus ojos,- sí, extended vuestras ramas. ¡Qué fresco se está bajo vuestra sombra!

Entonces ella se puso a contar acerca de noches difíciles y turbulentas. Acerca de sagas, de leyendas y cuentos muy antiguos. Y en tales evocaciones, ella cerraba los ojos. Los finos labios se entreabrían apenas y las palabras caían en cascada de su boca, semejantes al tintineo de campanillas de plata.

- ¡Vos me habéis arrebatado mi ceñidor,- dijo Fleurdelys a su caballero; - traedme algún otro que valga igual!

- Y el joven montó en su corcel y recorrió todos los países de la tierra para procurar un ceñidor a su Dulcinea. Se batió contra gigantes y caballeros, contra brujas y hechiceros, y conquistó los más preciosos ceñidores. Empero, los arrojaba sobre el polvo o entre vagabundos gritando que no se trataba más que de unos miserables harapos indignos de ceñir los riñones de su Dama. Y cuando le hubo arrebatado al poderoso Rodomant el propio ceñidor de Venus, lo hizo pedazos y juró que “él” le procuraría un ceñidor mucho más bello que el de ninguna otra diosa. Aquél abatió al hechicero Atlas y le arrebató su caballo alado; para travesar tempestades y huracanes cabalgó por las nubes y arrancó del cielo con audacia la Vía Láctea.

- Él regresó junto a su Dama y besó su pie de alabastro. Colocó en derredor de sus caderas aquel ceñidor sobre el cual resplandecían ---- como joyas inestimables ---- millones de estrellas.

- ¡Leedme lo que habéis escrito a propósito de las orquídeas! – dijo ella.

Y yo leí.

Cuando el diablo fue mujer
Y Lilith ataba sus cabellos negros
En apretadas trenzas
Inspirando con sus rasgos macilentos
Tortuosos pensamientos en Boticelli,
Sonrió dulcemente
Adornados sus dedos con anillos de oro engastados con piedras]
[multicolores,
Cuando leyó a Villiers
Y amó a Huysmans,
Cuando comprendió el silencio de Maeterlinck
Y su alma se cubrió con los colores de D’Annuncio.
Entonces un día ella sonrió. . .

Y cuando sonrió, sucedió
Que la reina de las serpientes de su boca salió
Y la más bella de las diablesas a la serpiente golpeó
Golpeó con sus dedos cargados de anillos
Hasta hacerla retorcerse y silbar
Salpicando su baba.
Pero Lilith recogió las gotas
En la pesada vasija de cobre;
Las derramó por encima de la tierra húmeda y negra.
Dulcemente sus grandes manos acariciaron la
pesada vasija de cobre
Dulcemente, sus blancos labios pronunciaron
su antigua maldición.


Como una rima infantil sonó su maldición
Suave y laxa como los besos de la tierra húmeda
Aspirados de su boca.
Pero en la vasija, la vida se estremecía, y
Atraída por sus besos y sus dos fragancias
Las orquídeas surgirán lentamente de la tierra.

Cuando, frente a un espejo, la bien-amada envolvió
sus macilentos rasgos
Con los colores de Boticelli,
Las orquídeas surgieron de la vasija de cobre
Las flores del demonio, que la antigua tierra
Mezcló con la baba de la serpiente por la maldición
de Lilith

Engendrando,
Las orquídeas, las flores del demonio.

- Qué bello,- suspiró Alcira.

Sí, señor consejero médico, así era nuestra vida: un cuento salido de los rayos del sol. Nosotros respirábamos un pasado perdido y un futuro irreprochable brotando de nuestros abrazos.
Y las armonías que regresaban hacia nosotros se tornaban siempre cada vez más cristalinas. Ella me interrumpió un día en medio de una canción.

Entonces me dijo.

- ¡Callaos! – Y entonces hundió su rostro en mi pecho.

Sentí luego estremecerse su pequeña nariz contra mis carnes durante algunos minutos.
Entonces levantó su cabeza y dijo.

- No es necesario que habléis; vuestros pensamientos me cautivan.

Ella cerró los ojos y, lentamente, terminó de recitar mis versos.

Otras veces, ella apretaba estrechamente mi cabeza entre sus brazos; sus dedos diáfanos acariciaban mis sienes. Sentí entonces que sus anhelos pasaban dentro de mí e invadían mi alma como una caricia. Una dulce música golpeaba en mis sienes como el cantar de unos danzantes rayos provenientes del sol.

Allí donde se extendían las verdes praderas; allí donde las frescas cascadas descendían por las montañas nevadas y donde se balanceaban las grandes mariposas entre las flores de magnolia, en tanto pavos azules vivían sus sueños solitarios, allí había un árbol.
Aquél estiraba sus ramas apuntando a lo lejos y una fragancia de bodas y de amor llenaba el aire en derredor suyo. Las flores blancas se elevaban entre las ramas y entre ellas los frutos dorados resplandecientes.

Un hada reposaba en la frescura de su sombra, ella le contaba leyendas al árbol que le eran bien amadas.

Ella le habló y él le transmitió su aliento perfumado. . . Así charlaban los dos amantes.

El conocimiento se abrió paso en mí de manera lenta, progresivamente, como una revelación, y tan armoniosamente que no podría citar un solo punto de referencia en particular. Ciertas circunstancias concretas que voy a describirle, señor consejero médico, las escogí entre miles de diferentes. El prodigio comenzó cuando contemplé a esa mujer por primera vez, pero es posible que principiase mucho antes. ¿No debo considerar, de hecho, como un modesto comienzo los pensamientos que, por ejemplo, yo extraía de mis poemas? El prodigio alcanzó su apogeo cuando me encontré plantado bajo el sol, llevando en mí flores blancas y frutos dorados.

En el intervalo, se produjo el desarrollo progresivo, consciente, sin obstáculos. Y no solamente en mi espíritu, son también en mi cuerpo. ¿Acaso no os dije ya que todo mi pecho se hallaba embebido de un suave y dulce perfume? ¿Os convenceréis por fin, señor consejero médico?

Y las últimas noches se sucedieron. Entonces ella me dijo, de repente.

- Deberé dejaros, de inmediato.

No me asusté; todos los momentos pasados junto a ella valían una eternidad y mis brazos dichosos aún podían enlazarla por la cintura.
Yo asentí y ella prosiguió.
- ¿Acaso sabéis lo que vendrá después, Astolfo?

Yo incliné de nuevo la cabeza y pregunté.

- ¿Dónde iréis vos?

Dos lágrimas brillaron como perlas. Ella se enderezó y su mirada se iluminó como una noche estrellada sobre una estepa cubierta de escarcha.

- Más allá de los mares,- dijo ella,- de donde provengo. Pero os escribiré. Y más tarde, cuando os proyectéis hacia el exterior, cuando ambos céfiros acaricien vuestras ramas, entonces yo regresaré, regresaré a vos, mi bien amado y me apoyaré en vuestro hombro; ambos recordaremos juntos nuestros sueños más dulces.

- ¡Mi amor,- pude decir,- mi amor!

Y como el desbordante follaje de las hiedras enlazando el tronco y las ramas, así me estrechó ella, exactamente así.

El resultado vos lo conocéis, señor consejero médico. Una noche en que me dirigí a la villa llamá a la puerta en vano. Ella se había ido. La casa se hallaba desierta. Me puse en marcha y me comporté durante algunos días como un desequilibrado; cometí estupideces ridículas pero os puedo asegurar, señor consejero médico, que todos estos incidentes son una muestra debida al enamorado desconcertado cuando la bella se ha desvanecido como por arte de magia.

Mis camaradas de armas se preocuparon por mi suerte más de lo que hubiese deseado. Ellos telegrafiaron a mis padres. Entonces sobrevino ese acceso de furia que vos llamasteis la “catástrofe” y que era, sin embargo, perfectamente comprensible. Mis amigos, quienes no me dejaron solo siquiera un instante después de mis calaveradas, hicieron de notar que constantemente espiaba la llegada del cartero. Y cuando la carta llegaba, su carta, ellos se la quitaban al mensajero en plena calle. Hoy en día, sé que tenían excelentes intensiones y que lo que deseaban era evitarme nuevos ataques.

Pero desde el instante en que noté la maniobra desde mi ventana, mi vista se puso roja; me pareció que estaban cometiendo un sacrilegio, ya fuese que tocasen ese papel proveniente de sus manos y que otros ojos hubiesen leído lo que ella me había escrito. Descolgué de la pared el pesado estoque y me lancé a toda prisa hacia la calle. Les grité que me devolviesen la carta; cuando rehusaron, golpeé en plena cara al que tenía la misma. La sangre brotó y borroneó la carta que yo le había quitado. Me fui a mi habitación a toda velocidad y me atrincheré allí, dado que había leído aquellas líneas que me había enviado.

Ella decía así:

Si vos me amáis, lo lograréis, al cabo. Oh, yo regresaré a vos, mi bien-amado y descansaré bajo vuestra sombra fresca, y regresaré para contaros dulces leyendas. Alcina.-

Ya he terminado, señor consejero médico. Es merced a un ardid que yo me encuentre aquí; no obstante, doy gracias ahora al fatal destino que me condujo a este lugar. Los ataques son cosa del pasado y en esta calma maravillosa he recobrado la paz. Estoy rodeado de ese aroma suave que emana de mí, y sé que estará conmigo hasta el final de mi obra. Ya he probado el dolor de sostener la pluma, a mis dedos les repugna mantenerse juntos, los mismos se apartan, se dispersan tal como si fuesen ramas.

Vuestro establecimiento está situado en el centro de un parque espacioso; he dado un paseo esta mañana; es grande y magníficamente bello. Estoy persuadido, señor consejero médico, que mis palabras os habrán convencido. Cuando llegue la hora tan próxima ahora, no intentéis oponeros al cumplimiento de lo ineluctable. Yo me iré allá lejos, por detrás de la gran pradera cerca de las murmurantes cascadas. Vos haréis que mi deseo sea atendido, estoy seguro; el jardinero de la (……….) Bonn es un entendido en naranjos, él os dará buenos consejos. Puesto que no quiero debilitarme, me propongo crecer y florecer, a fin que ella se regocije en mi esplendor. Ciertamente, ella escribirá, señor consejero médico; vos entendéis perfectamente de lo que habló.

Una cosa más: cada verano, cuando mi copa brilla con millares de frutas doradas, vos cosecharéis las más bellas y las haréis enviar.

A las mismas, adosaréis una esquela con aquellas dulces palabras que ya había escuchado en las calles de Granada:

Mi amada, tomad la naranja sangrienta
Que yo he puesto delicadamente en el jardín.
¡Mi amada, tomad la naranja sangrienta!
Mas, no la cortéis con el cuchillo
¡Pues partiríais mi corazón de un solo golpe
En el mismo centro de la naranja sangrienta!
Ile de Porquerolles, 1905.

Agradecimientos al traductor, Hugo Reynoso.

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