JORIS-KARL HUYSMANS: ALLÁ ABAJO

Pasa por ser uno de los más raros autores de la Francia fin-de-siècle, brillante y obscuro al mismo tiempo, pero lo cierto es que una aproximación a J-K. Huysmans nos obliga a distinguir entre “raro”, o “extraño”, y “singular”, recordando que en absoluto es lo mismo y que a menudo estos términos se confunden; y aun se podría llegar a dudar de que Huysmans deba ser considerado un autor “singular”, al menos por aquello que generalmente lo lleva a ser merecedor de ese calificativo, a saber: su repentina conversión al catolicismo tras diversos vaivenes, plasmados en dos novelas legendarias, bien representativas del bajo mundo por cierto: “Al revés” (“A rebours”, 1886), cénit y catástrofe del decadentismo, y en especial “Allá abajo” (“Là-Bas”), su incursión en el satanismo y en los magisterios sacrílegos, publicada seis años más tarde; un satanismo decimonónico, como es normal atendiendo a la fecha en que fue escrita la novela, pero trasgresor, salvaje e impudoroso en toda su estupidez, nada trasnochado –bestsellers actuales como “El Cementerio de Praga” o “El Péndulo de Foucault”, que beben de “Là-Bas” con fruición, lo confirman– que exhuma y toma como punto de partida y Leitmotiv al asesino en serie más sanguinario del Medievo junto a Elizabeth Báthory, el carnicero de niños Gilles de Rais, sobre quien el protagonista escribe una biografía.

Pero desprendámonos de tópicos. En lo que atañe a la conversión al catolicismo de Huysmans, que tantos creen dramática, no resulta nada excepcional situada en el contexto de los vientos anticlericales que comienzan a azotar su país ya en 1880, cuando por primera vez una norma restringe la enseñanza religiosa a favor de la laica, prolegómeno de lo que será la “ley de Combes” de 1905 que establecía Francia como un estado secular, no sin escándalo y tumultos, como era de prever. La reacción a la contra entre los literatos tampoco se hizo de esperar, alargándose durante varios años. Si hacemos un repaso a la lista de los que “ven la luz” en esta coyuntura, encontramos a Julien Green y Valéry Larbaud, llegados ambos del protestantismo; al fascista fundador de Action Française Maurrás y, como antítesis, a Romain Rolland, enarbolando este la bandera del pacifismo en vísperas ya de la Gran Guerra; al pope de la crítica literaria Brunetiére, en el año 1900, típico ejemplo de la Francia derechista, antisemita y conservadora, anti-Zola, anti-Dreyfuss, para quienes Baudelaire no es más que “el Belcebú del pobre”; a Léon Daudet en 1895, al igual que Brunetiére después, supurando antipatía por los “decadentes”; a Max Jacob, que venía del judaísmo, como Karl Kraus en Viena, y acabó en la Iglesia, aunque al contrario que este no se dio el gusto de repudiarla luego a la vista de sus miserias, sino que prefirió la huida hacia delante, enclaustrándose; a Gabriel Marcel y Pierre Reverdy, salidos de las filas del ateísmo; a Mauriac, Claudel y, hacia 1912, una última oleada: Psichari, Péguy, Rivière, Maritain, Henri Ghéon, Roger Martin du Gard, y ya en 1927, Charles du Bos.

Que en España haya sido una editorial de la ultraderecha católica la encargada de traducir al español la primera de las obras que Huysmans consagró a su conversión, tras la blasfema experiencia que nos ocupa, no ha de extrañar a nadie, ni a la postre repelernos. Argumentos no les faltan para reclamarlo como suyo, y se agradece en cualquier caso para poder así tener sobre Huysmans una visión de conjunto; lo cierto es, además, que aun faltándole trama, sal y pimienta, y sobrándole hieratismo, “En el camino” (1892) no carece de interés, sobre todo porque continúa las aventuras del mismo protagonista, Durtal, con idéntica exquisitez de estilo.

Pese a quien pese, algunos estamos convencidos de que al mejor Huysmans se le encuentra retrocediendo apenas un año, en esta obra, “Là-Bas”, traducida indistintamente al español como “Allá abajo” y “Allá lejos”, con la que con insólita desvergüenza chapoteó en las sociedades ocultistas que hormigueaban en la descomposición de su época. Pero, en ese sentido, tampoco cabe juzgarlo de “singular”, si no es entendiéndolo desde el propio catolicismo presente o desde el papanatismo de la crítica literaria más ortodoxa, esa que lo ha tenido durante más de cien años como a un “autor menor”, ensalzándolo ahora a razón de media docena de estudios por año.

Cuando Huysmans experimenta todo aquello de lo que habla esta novela –incubada en los seis largos años que la separan de “Al revés”– lo hace zambulléndose en el zeitgeist de su tiempo como solo puede hacerlo un solitario, de cabeza, en un clima general que si por un lado ya anticipa la mezquindad de nuestra época, con sus producciones en serie y su fe en el progreso, por el otro reacciona con un arrebato de espiritualismo y marcada fantasía, no por bizarra menos real y menos digna de ser recordada: Francia en la década de 1890 es un receptáculo de ideas esotéricas, pródiga en rebeliones luciferinas, que calan en todos los estratos de la sociedad, y sobre “A rebours” y “Là-Bas” orbita toda una cultura como una constelación monstruosa: Oscar Wilde, Aubrey Beardsley y el magazine londinense “The Yellow Book”, los calendarios mágicos del italiano Manuel Orazi y Les Chants de Maldoror, el magnetismo, el hipnotismo y el culto a los muertos de la Sociedad Espiritista de París, las multitudes agolpadas a las puertas de los teatros de Grand-Guignol, los agonizantes maudits todavía aferrados a su vaso de opalescente absenta contaminada con virutas de cobre que hace enfermar, las morbosas ilustraciones modernistas que en París, Praga o Budapest asaltan el ojo, el culto a Pan –en Berlín se publicará, hasta 1900, una revista así llamada, en honor del Gran Dios Pan–,  a la naturaleza languideciente y al diablo. Un fermento ciertamente poco salutífero, que habría de perdurar en Europa Central durante mucho tiempo atravesando los años de la Gran Guerra hasta alcanzar la zarabanda de sociedades ocultistas pangermánicas que confluyen en los años 2o, llenos de caos y miedo. Así lo entendió Thomas Mann, al menos, quien dijo haber entrevisto el rostro de Hitler en este magma, y así lo expresaba también, en su novela “El hombre sin atributos”, el escritor vienés Musil, que describe perfectamente el clima estético predominante en esos años:

“Se amaba al Superhombre y se amaba al Subhombre; se adoraba la salud y el sol, y se adoraba la ternura de las muchachas tísicas…; se era crédulo y escéptico, naturalista y preciosista, robusto y morboso; se soñaba con antigua alamedas de castillos, jardines otoñales, estanques cristalinos, piedras preciosas, haschisch, enfermedad, demonios; pero también con praderas, horizontes violentos, talleres de forja y laminado, luchadores desnudos, rebeliones de esclavos trabajadores, parejas prístinas humanas y desmoronamiento de la sociedad… Si se hubiera desmontado esta época, habría salido una insensatez tal como un círculo cuadrado hecho con hierro de madera; pero, en realidad, todo eso estaba fundido en un sentido refulgente…”

La reacción de Huysmans, su desesperación, acaso solo su fastidio, son por otra parte poco singulares, porque en definitiva Huysmans fue en Francia lo que Arthur Machen en las Islas Británicas: un individualista, algo aristocrático, heredero del huraño y displicente Flaubert que observa  al mundo desde su torre de marfil; no menos legatario del Stendhal que, medio siglo antes, se lamenta ya de esa onagrocracia bárbara importada de Estados Unidos –donde Poe se siente igualmente indignado– que habrá de instaurar la dictadura de la técnica y la “democracia del tendero”.

Sin embargo, por mucho que Huysmans se sintiera a disgusto con su época, lo cierto es que bajo la perspectiva de nuestros días fue todo lo contrario a un desubicado. De hecho hoy lo vemos como un modelo, si no el conjurador definitivo de esa atmósfera, y bien puede juzgarse esto como un chiste, el desquite de efecto retardado que le reservaba esa sociedad de la que quiso apartarse. Algo no muy diferente, en el fondo, a lo que subyace a la vida y obra de Machen, su afín espiritual que, dicho sea de paso, también se atrevió a flirtear con esas sociedades esotéricas abordadas por Huysmans en “Là-Bas”, menospreciadas por este precisamente en su vertiente rosacruciana (hasta cinco desprecios se contabilizan en la novela). Machen proyectó su misticismo en el pasado de sus juegos infantiles entre las ruinas de Caerleon-on-Usk, resonante de los misterios paganos de los celtas; el francés en cambio volvió los ojos a la Europa medieval, no menos demolida excepto por sus catedrales góticas y románicas, sus misas en latín y su música sacra, a través de una de las pocas puertas que permanecía abierta entre esos dos mundos a ojos de un esteta como él, poco dado a la naturaleza o a glorificaciones bélicas, es decir: la hechicería medieval y el satanismo, pero entendidos estos como experiencia intelectual, elitista y casi secreta, originalmente reservadas a unos pocos –cabalistas del estilo de Paracelso, fieras sanguinarias al borde de la transfiguración mística como el propio Gilles de Rais– y convertidas, para su decepción y espanto, en movimientos insólitamente eflorescentes en la Europa de finales del siglo XIX.

En los motivos de Huysmans para escribir “Là-Basno hay nada raro, o misterioso, pues consiste precisamente en plasmar su enésima decepción al tratar de resucitar los misterios, y casi puede decirse que si cae en la tentación del diablo es porque le pilla de paso: “¡Y decir que este siglo de positivistas y de ateos lo ha trastocado todo, todo salvo el satanismo, al que no ha podido hacer retroceder ni un paso!”, exclama en las últimas páginas.

¿Qué queda pues, al final? Pues un relato encantador, poco solemne por mucho que se empeñen en lo contrario sus hagiógrafos y sus editores católicos, fracasado en su propósito de comunicar alguna clase de trascendencia, pero triunfante al mostrarnos que su siglo no fue menos delirante que el nuestro; un relato con el que deleitarse sin remordimientos ni coartadas, porque, al fin y al cabo, la redención de Huysmans es la redención de su alter-ego Durtal, quien en vez de abrazar directamente a Cristo, prefiere antes, como San Agustín, consumar una nutrida lista de pecados, inclusive una messe noire rematada con una sesión de sodomía con su amante en la trastienda de una taberna; a su vez es la redención del archipecador Gilles de Rais, que tan curiosamente describe la novela con mucho incienso, mucha pretensión ceremonial; y también es, por añadidura, la redención del lector que llegue a él con el ánimo de satisfacer sus inclinaciones morbosas; que los hay y bienvenidos sean, aunque pueda parecer enojoso a los que olvidan que hace unos años, cuando no se hablaba tanto de Huysmans, este era recordado y celebrado ¡en colecciones baratas de terror! 

“Allá abajo” es, en definitiva,  una obra que no puede dejar de sobreexcitar los sentidos tanto de los católicos ultramontanos como de los devotos de Lucifer (porque ¿acaso no se tocan los extremos, y abajo es arriba, y la cara, cruz?), nada abstrusa, sino verdaderamente entretenida. Esto ya se comprende al ser presentados a sus protagonistas, cuya actividad se desarrolla casi siempre en interiores, frente al fuego y ante una mesa bien servida, más concretamente en la torre de la iglesia parisina de Saint-Sulpice: un literato presa del angst existencial que habla con su gato, Durtal, y su amigo no menos ocioso, Des Hermies, médico escéptico y de vuelta de todo, lúdico y snob; un viejo campanero que siente mareos cuando baja de su refugio y se mezcla con los seres normales, Carhaix, y su muy devota mujer, experta cocinera; un extravagante astrólogo cargado de anillos al que han maleficiado desde la distancia; una pequeñoburguesa demonómana (“saloneras”, las llamaban entonces), que Huysmans dibujó según los rasgos de algunas de sus últimas amantes, derramando a continuación sobre ella su mal disimulada misoginia; un mago blanco, el doctor Johannès, especie de moderno Paracelso expulsado de la Iglesia, y un mago negro, el monstruoso clérigo Docre, que “alimenta a ratones blancos con las hostias que consagra, y a tal extremo ha llegado su rabia sacrílega, que se ha hecho tatuar en las plantas de los pies la imagen de la cruz, con el fin de poder caminar siempre pisoteando al Salvador”.

“Là-Bas” ofrece también la misma abundancia de disquisiciones estéticas y teológicas que encontrábamos en “A Rebours”, plato de por sí delicioso viniendo de la pluma de su autor, pero con el aderezo de otros ingredientes a tener en cuenta. Para empezar, un sentido del humor nunca suficientemente bien ponderado, que nos hace recordar que Huysmans ya se había fogueado en estas lides durante su paso por las filas del naturalismo, cuando escribió las tragicómicas andanzas sexuales de un funcionario –él mismo lo era– en “Aguas abajo” (1882); además, no refrenó su gusto por la anécdota y las pequeñas historias intercaladas (impagable la que da cuenta de las inmundicias del abate Segarelli de Parma, “quien, con el pretexto de tornarse niño para simbolizar mejor el amor sencillo y cándido, hacía que le fajaran en mantillas y que le acostasen en brazos de una nodriza, de la cual mamaba, antes de entregarse a los actos más repugnantes”), aproximándose casi a la novela de episodios diríase, lo que de nuevo parece evocar a Arthur Machen: Durtal y Des Hermies son ciertamente como Dyson y Phillips, la pareja de caminantes descreídos de “Los Tres Impostores”: diletantes a la búsqueda de lo insólito y lo extraordinario –pues “nada hay tan interesante de conocer como los santos, los malvados y los locos”. ¿Cómo no adorar una novela así?

 

7 comentarios:

WOLFVILLE dijo...


Madre mía que lujo!! Todo tan fascinante como siempre. Exploraremos a este caballero con fruición a partir de ahora.

Un saludo y gracias por toda esta erudición blogueril!

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Parte de la documentación viene de Jose María Valverde, aunque nunca entenderé cómo su monumental compendio de la literatura universal despreciaba y dejaba fuera a mis favoritos, casi por norma. Gracias como siempre, Wolfville!

El Abuelito dijo...

Un artículo extraordinario en el que se supera usted, señor Formica... Leí La bas en los primeros ochenta, precisamente en una colección de terror barata, en dos tomos, y todavía hoy la recuerdo, lo que mucho dice de la vigencia y perdurabilidad de la obra... Todos, creo, sentimos alguna vez esa añoranza del medievo como tiempo ideal,piadosa mentira que nos hace soñarlo como época pura de sencillos y contundentes valores espirituales, cuando como hoy o como hace cien años, el presente nos zarandea y nos atribula y nos aboca hacia algo desconocido y temible... Personalmente La Bas me parece muy superior a Al revés; será que el misticismo me tira más que el decadentismo y la preversa sofisticación. De su obra de converso es difícil hoy encontrar algo, me guastaría leer El Oblato o En rada...
Si como a mí le fascina el tema de los ateos -como nosotros- regresando al seno de la Iglesia, le reocmiendo el libro de Carlos Pujol "Siete escritores conversos", donde aparecen Max Jacob, León Bloy, Chesterton o Evelyn Waugh, sufriendo el"zarandeo de Dios" que los manda de vuelta a misa bajo el signo de la Tradición y de la estética...

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Tenía entendido que su corazón pertenecía al África colonial, Abuelito, junto a los pigmeos y los hechiceros! XP Tomo nota del libro de Pujol, tengo alguno pero no ese. El profeta cristiano León Bloy en particular parece un personaje fuera de serie (entre otras cosas, ¡no toleró ninguna de esas conversiones y los atacó a casi todos!). La editorial que ha publicado "En camino" es... Intereconomía, con prólogo de tertuliano al uso (no el simpar de Prada esta vez, nuestro mini-Chesterton particular), igual tienen pensado continuar con el Huysmans católico. Libros que, evidentemente, deben ser robados y no comprados.

El Abuelito dijo...

...hay también alguna edición de los años veinte en Prometeo, la editorial de Blasco Ibáñez, quien no fuese precisamente un católico militante... a ver si tengo la suerte de dar con alguno!

Luis Abuelo dijo...

Alguien que pase el PDF, por favor.

Luis Abuelo dijo...

Alguien que pase el PDF, por favor.

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