HANNS HEINZ EWERS: MAMALOI

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Estimado señor:

Como ve, mantengo la promesa que le hice. Tal como me pidió contaré todo desde el principio. Haga con ello lo que guste, sólo le pido que en consideración a mis parientes se abstenga de mencionar mi verdadero nombre. Quisiera ahorrarles otro escándalo; el anterior ya fue suficiente para sus nervios.

Según su deseo, comenzaré con un breve resumen de mi vida. Llegué aquí como un muchacho de veinte años para unirme a una firma comercial alemana en Jeremie. Ya sabe usted que los alemanes poseen casi en exclusiva el dominio colonial en este lugar. Me tentó el salario –ciento cincuenta dólares al mes–, y puede decirse que ya casi me veía como millonario. En fin, hice lo mismo que hacen todos los hombres jóvenes que vienen a parar a este lugar, el más adorable y el más envilecido que existe sobre la tierra: caballos, mujeres, bebida y juego. Sólo unos pocos consiguen evitarlo; por lo que a mí respecta me salvó mi salud de hierro. La intención que tenía no era esa. En cambio, mi castigo fue permanecer postrado durante meses en el hospital alemán de Port-au-Prince. Luego, en un momento dado, hice un buen negocio con el Gobierno, un negocio que en Alemania habrían calificado de estafa descarada enviándome tres años a prisión; aquí, me cubrieron de honores. Sea como sea, de ser procesado por todo lo que yo y otros hicimos tendría que haber vivido quinientos años para poder ver otra vez la luz del sol. Habría aceptado con gusto la condena de señalarme a un hombre de mi edad que en este país y en mis circunstancias hubiese obrado de otro modo. Lo cierto es que incluso en Alemania es posible que un juez de mentalidad progresista nos hubiera dejado marchar impunemente, porque todos nosotros apenas éramos conscientes de nuestros actos. Considerábamos que lo que hacíamos era, no sólo permisible, sino extremadamente honesto.

En fin, con la construcción del muelle de Port-au-Prince –que por supuesto nunca se completó– senté los cimientos de mi fortuna personal; un botín que compartí con algunos ministros locales. En la actualidad poseo uno de los más prósperos negocios de la isla y soy un hombre muy rico. Toco –o estafo, como usted dice–con las más variadas ramas, en verdad con cualquier cosa que pueda imaginar; vivo en una bonita villa, doy paseos por jardines maravillosos y bebo con los oficiales de la línea Hamburgo-Americana cuando hacen parada en este puerto. Gracias a Dios no tengo mujer e hijos. Por supuesto usted calificaría como "hijos" míos a todos estos pequeños mulatos que corretean por mi hacienda, simplemente porque yo los engendré –¡que Dios me libre de usted y de su moral!–; pero yo carezco de esos escrúpulos. De hecho, no tengo ningún problema a ese respecto.

Durante mucho tiempo me sentí nostálgico y miserable. Seguro que puede entenderlo, he permanecido cuarenta años lejos de Alemania. Llegué a dar vueltas a la idea de desprenderme de todas mis propiedades, malvendiéndolas si era preciso, con objeto de pasar mis postreros días en mi vieja patria. Y una vez resuelto esto, mi anhelo se hizo tan fuerte que apenas pude esperar al momento de mi partida. Aplacé pues la venta de mi propiedad y todos esos engorrosos negocios y, con lo que tenía ahorrado, fui allí a pasar unos seis meses.

Bien, permanecí tres semanas, y de demorar mi regreso un día más el juez del distrito se hubiera encargado él mismo de proveerme alojamiento por otros cinco años. Ese fue el escándalo al que me refería en las primeras líneas de esta carta. "Otro Caso Sternberg", escribieron los periódicos de Berlín, y mis parientes tuvieron que sufrir la humillación de ver el apellido familiar escrito bajo el titular con letras de imprenta. Nunca olvidaré la última entrevista que mantuve con mi hermano. ¡El pobre hombre es nada menos que Consejero Privado! ¡La cara que puso cuando le juré con toda inocencia que esas chicas ya tenían al menos once, probablemente doce años de edad! Cuanto más trataba de justificarme, más me hundía en el fango. Cuando le aseguré que yo no era una bestia y que aquí en Haití preferimos a las chicas incluso más jóvenes, se dio con la mano en la frente y murmuró: "Cállate, desgraciado, cállate. Mirarte a los ojos es como mirar al fondo de un pozo inmundo". Durante tres años estuvo furioso conmigo y sólo me gané su perdón porque le prometí legar a cada uno de sus once hijos una suma de dinero nada despreciable, y especialmente porque comencé a remitirle una asignación mensual para todos ellos. En gratitud me incluye cada domingo en sus oraciones. Ahora, cuando le escribo, no me olvido nunca de tranquilizarlo indicándole que esta o aquella muchacha de mi vecindario ha alcanzado la razonable edad de ocho años, y que tras mucho aguardar por fin me permito dispensarle mis favores, rogándole que rece por este viejo pecador. ¡Ojala sirva de algo! Una vez me respondió que tenía que pelear cada día con su conciencia para aceptar las sumas de dinero que le llegaban de manos de un hombre tan incorregible; que a punto había estado de devolvérmelas; y que sólo la consideración y la piedad que le suscitaba su único hermano lo habían persuadido a aceptarlo. Pero de pronto un día cayó la venda de sus ojos y pareció entender que sólo estaba bromeando. Porque yo tenía sesenta y seis años y, bien pensado, era simplemente incapaz de cometer tamañas fechorías. Pero me rogó con insistencia que me abstuviese de bromear así en el futuro. Le respondí. Tengo aquí una copia de mi carta que, como buen hombre de negocios, decidí conservar:

"Querido hermano: Tu carta ha herido profundamente mi orgullo. En correo aparte te remito un paquete con hojas y corteza de árbol de toluwanga, que un viejo negro de aquí se encarga de proveerme de forma regular todas las semanas. El tipo afirma tener ciento sesenta años de edad– en realidad tiene ciento diez. En cualquier caso, y gracias al excelente preparado de este árbol, el negro es el más reputado Don Juan de toda la isla, después de tu hermano claro está. Te informaré de paso que este último está todavía bastante seguro de su vigor y sólo usa la preciosa solución en ocasiones especiales. Es por ello que está en su mano desprenderse de parte de sus provisiones y hacértelas llegar garantizándote sus rápidos efectos. Pasado mañana, en honor de tu cumpleaños, organizará un pequeño banquete, y en esta ocasión ha resuelto superarse a sí mismo, lo que debería ser obligado en cualquier fecha conmemorativa. Al mismo tiempo beberá a tu salud. Adjunto a esta carta, como un pequeño extra para las Navidades que se acercan, encontrarás un cheque de tres mil dólares (3000$). Con mis mejores deseos para ti y los tuyos: tu querido hermano. P.S.: por favor, infórmame si has recordado incluirme en sus oraciones de Navidad"

Seguramente mi hermano tuvo otra de sus habituales batallas con su conciencia, pero al final la caridad cristiana hacia este pobre pecador se impuso en su corazón. En cualquier caso se quedó el cheque.

No sé realmente qué más contarle de mi vida, estimado señor. Podría añadir un centenar de pequeñas aventuras y chistes, pero serían seguramente los mismos que escucharía de boca de cualquier hombre blanco en este país.

Releyendo esta carta, me doy cuenta de que tres cuartos de lo que tenía intención de que compusiera mi curriculum vitae está consagrado a hablar de mujeres. Bien, sin duda esto hay que atribuirlo a la idiosincrasia del propio autor. Después de todo, poco interesante resultaría lo que yo pudiera contarle sobre mis caballos, mis vinos o las mercancías con las que comercio. Y el póquer lo dejé hace ya mucho tiempo. En este pueblo soy el único hombre blanco, aparte del agente de la línea Hamburgo-americana, y él juega tan poco como los oficiales que se acercan a visitarme ocasionalmente. Eso lo reduce todo a un único tema, ¿qué quiere que le diga?.

Así pues, introduciré esta carta en la carpeta que contendrá las anotaciones que usted me pide, y que todavía no he comenzado. Quién sabe si nunca les serán enviadas  –o si, en tal caso, se limitarán a una carpeta vacía.

Aprovecho para saludarle, mi estimado amigo.

Suyo,

FX

A la carta le seguían la siguientes notas:

18 de agosto.

Mientras abro este cuaderno vacío me asalta la sensación de que algo nuevo está entrando en mi vida. ¿El qué?

El joven doctor que alojé en mi casa durante tres días me sacó la promesa de investigar un misterio y de embarcarme en una extraña aventura; un misterio que, tal vez, no existe, y una aventura que puede haber tenido lugar sólo en su imaginación. Se lo prometí un poco a la ligera; pero ahora tengo miedo de que se sienta decepcionado. Ciertamente, el muchacho me sorprendió. Cinco meses llevaba recorriéndose este país y parecía conocerlo mucho mejor que yo mismo, que he vivido aquí durante cincuenta años. Me contó mil cosas de las que nunca había oído hablar, o que sí había oído, pero sin darles el más mínimo crédito. Seguramente no hubiese prestado la menor atención a sus historias, de no haberme sonsacado con sus preguntas un gran número de detalles sobre los que apenas había reflexionado y que ahora se me aparecían bajo una nueva luz. Y aun así, seguro que lo habría olvidado todo poco después, de no haber tenido lugar aquel pequeño incidente con Adelaide.

¿Qué fue?  Bien, la negrita –es la más hermosa y la más resistente de mis sirvientes y mi favorita en realidad, desde que puso los pies en esta casa– estaba acercándonos en ese momento la bandeja del té. De pronto, el doctor interrumpió la charla y la observó con especial atención. Cuando la negra se fue me preguntó si me había fijado en el pequeño anillo de plata con una piedra negra que llevaba en el pulgar de la mano derecha. Yo lo había visto mil veces sin reparar realmente en él. ¿Me había fijado en si lo llevaba también alguna otra de las chicas?  Tal vez; no podía recordarlo. Movió la cabeza pensativo. Cuando la muchacha vino otra vez a servirnos té en el porche, el doctor, sin mirarla, murmuró unas notas; una melodía ridícula acompañada de algunas pocas palabras en la lengua de los negros, que no alcancé a entender:

Leh! Eh! Bomba, hen, hen!
Cango bafio te
Cango mount de le
Cango do ki la
Cango li!

¡Paf! La bandeja del té cayó al suelo, las tazas y platos saltaron hechos pedazos. Con un chillido la muchacha se alejó de la casa. El doctor la miró irse; rió y me dijo:

"Le juro que lo que tiene usted aquí es una mamaloi"

Charlamos hasta entrada la medianoche, al recordarle las sirenas del carguero que tenía que subir a bordo. Cuando lo acompañé en mi bote casi me había convencido de que yo había estado viviendo como un ciego en medio del más extraordinario mundo, cuyo horror hasta hacía poco constituía el mayor de los secretos.

Bien, he aguzado ojos y oídos. Hasta el momento no he visto nada raro. Siento mucha curiosidad por leer los libros que el doctor ha prometido remitirme desde Nueva York. De hecho, tuve que darle la razón cuando dijo que era una verdadera lástima que en todos estos años yo no hubiera leído ni un solo libro acerca de este país. Ni siquiera pensé que existieran; nunca vi ninguno en casa de ningún amigo.

27 de agosto.

Una vez más, Adelaide se ha marchado para visitar a sus padres en el interior del país. Es realmente la única nativa entre las que conozco que muestra ese desorbitado apego a sus parientes. Sospecho que se fugaría si me negara a concederle estas pequeñas y puntuales vacaciones. Los días previos siempre se muestra nerviosa y, a su regreso, el dolor por la despedida la abruma de tal modo que parece hundida bajo el peso de sus obligaciones. Imagínese: ¡una muchacha de color!. Dicho sea de paso, aproveché su ausencia para examinar su habitación; muy meticulosamente. Me preparé leyendo sobre ello en una novela de detectives. No hallé nada, absolutamente nada sospechoso. La única de sus posesiones que desde el principio me pareció que se salía de lo razonable era una piedra de color negro, oblonga, de contornos redondeados, que tenía colocada sobre un plato lleno de aceite. Pienso que debe usarla para sus masajes; todas estas muchachas se masajean el cuerpo.

4 de septiembre

Los libros de Nueva York ya han llegado; no veo el momento de comenzar su lectura. Entre ellos hay tres alemanes, tres ingleses y cinco franceses, algunos de ellos ilustrados. Adelaide ha vuelto de su viaje. Tan destrozada que ha tenido que guardar cama. Pero la conozco; en unos pocos días estará bien otra vez.

17 de septiembre

Si solo el diez por ciento de lo que afirman estos libros es verdad, realmente vale la pena investigar los secretos en los que según el doctor me muevo diariamente. Pero lo cierto es que estos libros de viaje sencillamente intentan ser interesantes, copiando unos las idioteces que dicen los otros. Debo estar tan ciego que nunca, en todos estos años, he notado ni una pizca de ese culto al vudú del que hablan, con su adoración a la serpiente y sus miles de sacrificios humanos. Unas cuantas cosas curiosas sí me han sucedido de vez en cuando, pero nunca les presté atención. Intentaré recordar cualquier detalle que pueda tener alguna conexión con este asunto del vudú.

En cierta ocasión mi ama de llaves –yo vivía en Gonaives por entonces– se negó en redondo a comprar carne de cerdo del mercado. Dijo que podía ser carne humana. Me reí en su cara y le recordé que compraba cerdo todos los días del año. "Sí, ¡pero nunca en Pascua!", respondió. Fue imposible sacarla de ahí y tuve que enviar a otra chica al mercado. Yo ya había observado a estos caprelateshougons, los llaman en esta zona–, viejos decrépitos vendedores de wanges, pequeñas bolsas que contienen conchas y piedras multicolores que los nativos utilizan como amuletos. Se dividen en varios tipos, como los points, que hacen a los hombres invulnerables; y las mujeres disponen de otros que les amarran el cuerpo desnudo de sus amantes. Pero nunca escuché que estos estafadores –o simples mercaderes– representasen la más baja clase de brujo del culto vudú. Tampoco reparé nunca en que ciertos alimentos fuesen tabú para esta gente. Eso explicaría que Adelaide nunca toque los tomates o las aubergines, o que nunca coma carne de cabra o tortuga. Por otro lado, a veces la he oído comentar que la carne de carnero es sagrada, y sagrado es también el maiskassan, su querido pan de maíz. También me he fijado en que los gemelos son recibidos con júbilo en todas partes; siempre se celebra un banquete en las familias cuando una mujer o un asno dan a luz marassas.

Pero, Dios del cielo, la historia de la carne humana que se vende en el mercado es sin duda una fábula; y por lo que al resto atañe, me resulta de lo más inofensivo. Pequeñas supersticiones; en cualquier parte del mundo encuentras otras similares.

19 de septiembre

Por lo que a Adelaide concierne, el doctor parece estar en lo cierto al afirmar que sus conocimientos no proceden de los libros. En el del autor inglés, Spencer St. John, he encontrado una alusión a un anillo similar; se supone que lo llevan las mamaloi, las sacerdotisas del vudú. Dicho sea de paso debo confesar que encuentro este término, y el análogo que alude al sacerdote jefe, mucho más fascinante de lo que hubiera creído capaz en la lengua que suelen usar estos negros: papaloi, mamaloi –en su francés degenerado, loi, por supuesto: rey. ¿Cabe imaginar título más hermoso? Madre y reina – Padre y rey. ¿No suena mejor acaso que "consejero privado", como mi hermano se llama a sí mismo? También encontré referencias a la piedra con la que pensé que Adelaide se aplicaba masajes. Tippenhauer, como St. Mery, también habla de ella en su libro. ¡Estupendo! Resulta que tengo a un verdadero dios en mi casa; ¡el colega se llama Damtala! Cuando Adelaide se ausentó lo inspeccioné detenidamente y coincide en todos sus rasgos con las descripciones que leí. Es, obviamente, lo que queda de un hacha pulimentada de la época de los caraibs. Los negros la encontraron en el bosque y no siendo capaces de explicar su procedencia la tomaron por un dios, colocándola en un plato en la creencia de que puede hablar y predecir el futuro cuando es agitada. Para mantenerla de buen humor la bañan en aceite cada viernes. Esto me resulta encantador, y lo cierto es que encuentro a mi pequeña sacerdotisa más atractiva a cada día que pasa. Por supuesto me queda mucho por descubrir y entender sobre este asunto. El doctor acertó en esto. ¡Pero obvió que no hay nada horrible en ello!

23 de septiembre

Me veo obligado a admitir, hoy que cumplo setenta años, que vale la pena educarse a uno mismo en todos los campos de la vida. No habría experimentado la deliciosa aventura de ayer de no haber leído esos libros.

Tomaba el té en el porche cuando di una voz a Adelaide, que había olvidado traerme el azúcar. Esperé pero no vino nadie. Miré en mi habitación, en la cocina; no la encontré, y tampoco vi a ninguna de las otras chicas. Peor: no pude encontrar el azúcar por ninguna parte. Al atravesar el vestíbulo oí murmullos en su cuarto. Corrí al jardín –su cuarto está en la planta baja– y me asomé a la ventana. Allí estaba mi bonita sacerdotisa negra, sentada, frotando la piedra con su mejor pañuelo de seda, colocándola otra vez en el plato y derramando sobre ella aceite fresco. Vi que estaba excitada, con los ojos llenos de lágrimas. Cogió muy cuidadosamente el plato con dos dedos y extendió sus brazos ante ella. Luego empezó a temblar, primero lentamente y luego cada vez más rápido. Naturalmente la piedra también empezó a agitarse. Adelaide le habló pero, por desgracia, no pude entender lo que le decía.

Pero ahora parece que por fin llego a algo. ¡Estupendo! El doctor puede estar satisfecho. Y yo, también. Más que otra cosa, todo esto me excita. Esta tarde antes de la cena entré en su habitación, cogí la piedra y fui con ella a sentarme en mi butaca favorita. Cuando Adelaide vino a recoger los cubiertos aparté de pronto el periódico, cogí el plato y vertí aceite fresco sobre la piedra. El efecto fue fulminante. ¡Paf!  La bandeja al suelo, igual que aquel día con el doctor. Gracias a Dios no llevaba nada esta vez. Le hice señas para que se estuviese quieta y dije con calma: "¡Es viernes! ¡necesita su baño!"

"¿Quiere usted preguntarle?", susurró.
"¡Pues claro!"
"¿Sobre mí?"
"¡Por supuesto!"

Todo esto sucedió muy oportunamente; ahora averiguaría su secreto. Con la mano le ordené que abandonase la estancia y cerrase la puerta tras ella. Obedeció, pero podía oírla claramente en la habitación de al lado, tratando de escuchar algo. Moví el plato hasta que la piedra se estremeció. Se deslizaba tan ricamente en el plato que era una delicia mirarla. El castañeo se mezclaba con los gemidos de Adelaide detrás de la puerta.
Tan pronto como hice apaciguarse al dios del trueno y volví a depositar el plato sobre la mesa, ella se deslizó de nuevo en el cuarto.

"¿Qué le ha dicho?"

¡De eso se trataba! ¿qué me había dicho este demonio? Lo había oído estremecerse, pero nada más. Permanecí callado.

"¿Qué le ha dicho?", me preguntó. "¿Sí, o no?"

"Sí", dije, en un audaz intento por adivinar algo más.

La invadió el júbilo. "Petit moune? Petit moune?". En el idioma criollo de Haití esto se traduce como petit monde, que significa "pequeño mundo", y asimismo: "niño pequeño".

"Naturalmente, petit moune", repetí.

Empezó a saltar por toda la habitación, apoyándose en una pierna y en otra.

"¡Oh, qué bueno y sabio es, el dios del trueno! Es lo que me dijo a mí también. ¡Y ahora que me lo ha anunciado dos veces tiene que mantener su promesa!”. Enmudeció de pronto. "¿Dijo si era niño o niña?"

"Niño", respondí.

Al escuchar esto cayó de rodillas delante de mí, llorando y lanzando gemidos otra vez, casi desvanecida de puro gozo.
"¡Por fin, por fin!"

28 de septiembre

Sé que Adelaide ha estado enamorada de mi durante mucho tiempo y que no hay nada que anhele más que tener conmigo un petit moune. Siempre ha estado celosa de las otras muchachas y del correteo de sus hijos por la hacienda, aunque, Dios lo sabe, nunca me he preocupado lo más mínimo por esos mocosos. Si la dejaran creo que les sacaría los ojos a todos. ¡De modo que por eso trataba con tanta dulzura al dios del trueno!  Debo añadir, por cierto, que esa noche Adelaide se mostró particularmente solícita y cariñosa, hasta el punto de que me dije para mí que nunca había disfrutado de una chica de color tan exquisita. Realmente me gusta esta muchacha y, por lo que a mí concierne, no pondré obstáculos para que se cumpla su pequeño deseo.

6 de octubre

Resulta escandaloso que, teniendo tan buen ojo como tengo para los negocios, nunca me haya percatado de hasta qué punto yo mismo he contribuido a la mejora de esta raza desdichada. Aparentemente he estado subestimando mis hazañas culturales aquí. Hoy he actualizado las estadísticas al respecto; no ha sido difícil. Debe usted saber que mi dedo pulgar tiene tres articulaciones, lo que siempre hemos considerado en mi familia un rasgo genético hereditario. En otras palabras: puedo garantizar que cualquiera que en este pueblo tenga tres articulaciones en el pulgar es descendiente mío. Además de esto, he llegado a descubrir algo gracioso en lo que concierne al pequeño Leon. Siempre pensé que el pequeño mulato formaba parte de mi progenie, y de hecho su madre también lo juraba. Pero el granuja sólo tiene dos articulaciones en el pulgar. Algo falla aquí. Mis sospechas se dirigen a Christian, el oficial de la línea Hamburgo-Americana; es bastante apuesto y debe haber estado compitiendo conmigo. A esto añado que no menos de cuatro de mis pequeños descendientes han ido desapareciendo sin dejar rastro. Algunos me han dicho que simplemente se fueron; pero nadie es capaz de darme más detalles. No es algo que, por lo demás, me haga perder el sueño.

24 de octubre

El dios-del-triquitraque estaba en lo cierto. Adelaide está hechizada, y tan llena de la ternura de la recién casada que resulta casi inquietante. Su orgullo y su júbilo parecen contagiosos; nunca en mi vida me había preocupado lo más mínimo por la gestación y venida de un nuevo peregrino a esta tierra; hasta ahora (¿por qué negarlo después de todo?) en que mi interés se ha despertado. Por encima de todo ello está la más estrecha relación que ha surgido entre nosotros. Desde luego tuve que enfrentarme a su resistencia inicial, a sus llantos, armado con mucha paciencia, hasta que me gané su confianza. Estos negros ciertamente saben como mantener la boca cerrada; lo que no quieren dejar escapar, no se lo sacarás ni con unas tenazas al rojo vivo.

De nuevo una feliz coincidencia me brindó los medios para forzarla a quitarse su última máscara. ¡Resulta que Adelaide no tiene familia después de todo! Lo supe por una vieja llamada Phylloxera que se encarga de limpiarme el jardín de las malas hierbas. Es una bruja reseca que vive con su bisnieto– un chiquillo sucio y zarrapastroso– en una chabola del vecindario. El pequeño granuja volvió a entrar en mi casa y me robó unos huevos, y ahora se enfrentaba a una cita con mi látigo. La vieja vino a suplicar clemencia. A cambio me ofreció información sobre Adelaide, ya que como todos los demás estaba al corriente de la alta posición que la negrita había alcanzado en mi casa. Y lo que me dijo –tuve que jurarle por todos los santos que no traicionaría su confidencia– me resultó tan interesante que la recompensé con un dólar americano. Adelaide no tiene padres ni parientes cercanos, en consecuencia es imposible que vaya a visitarlos. Es una mamaloi, una reina-sacerdotisa del culto vudú. Siempre que emprende sus viajes es con el propósito de acudir al honfou, un templo situado más allá del bosque, en un pequeño claro. Es allí donde mi dulce Adelaide representa su papel de cruel sacerdotisa, invocando a la serpiente, estrangulando niños, bebiendo ron como un viejo pirata y dirigiendo las más inconcebibles orgías. No me sorprende que siempre vuelva a casa exhausta. Bien, ¡espera que te eche mano, pequeña canaille!

26 de octubre

Anuncié que me iba a Sale-Trou e hice que me ensillaran el caballo. La vieja me había dado indicaciones aproximadas de la situación del templo, en la medida en que estos negros pueden ofrecer indicaciones geográficas de algo. Por supuesto, me perdí, y tuve el placer de pasar la noche al raso en el bosque primigenio. Por suerte había llevado mi hamaca conmigo. No fue hasta la mañana siguiente que encontré el honfou– el templo: una gran choza de paja, miserablemente construida sobre un claro que los negros habían abierto pisoteando el terreno y allanándolo como si fuese una pista de baile. Un sendero infame conducía hasta el templo y, a ambos lados, observé que habían clavado estacas adornadas alternativamente con cadáveres de gallos negros y blancos. Entre las estacas había restos de huevos de pavo, raíces y grotescas figuras talladas en piedra. Un gran fresal– llamado loco, y considerado sagrado por los creyentes– se erguía en la entrada del templo; a su alrededor habían dispuesto en su honor un gran número de platos, botellas y restos de vajilla desportillada.

Penetré en la habitación. Algunos agujeros practicados en el techo proporcionaban suficiente luz para ver. Bajo uno de ellos, junto a un contrafuerte, encontré los restos de un fuego. La decoración del conjunto era muy alegre. Vi imágenes de Bismarck y del Rey Eduardo VII pegadas a las paredes. Eran de una revista ilustrada y sin duda me pertenecieron alguna vez. ¿Qué otro en los alrededores podría estar subscrito a "Woche" y al "Illustrated London News"? Adelaide debió apoderarse de tales tesoros sin yo advertirlo. Había además algunos dibujos de santos –horribles grabados al óleo representando a San Sebastián, San Francisco y la Virgen María– y, junto a ellos, caricaturas del "Simplizissimus" (¡de mi propiedad también!) y de "L'Assiette au Beurre". Entre los dibujos colgaban algunos harapos, restos de viejas banderas, collares fabricados con conchas y guirnaldas de papeles de colores.

Distinguí al fondo una pesada cesta, unpoco elevada respecto al suelo. Ah, pensé, ahí es donde duerme Hougonbadagri, el gran dios del vudú. Abrí la tapa con mucho cuidado y retrocedí de un salto; no tenía un particular deseo de que me mordiese un reptil venenoso. Pero, ¡oh!  aunque había en efecto una serpiente dentro del cesto, resultaba del todo inofensiva: habían abandonado al bicho allí hasta que murió de hambre. Esto es típico de las ceremonias de los negros: adorar a algo como si fuese divino pero olvidarse completamente de él cuando el festival termina. Decididamente a Damtala, el dios-del-triquitraque, lo tratan mucho mejor que a la poderosa Houedosobagui que yacía muerta y reseca. Al primero lo agasajan con aceite todos los viernes, pero a esta otra, que en el culto pagano de los haitianos ocupa algo así como el papel de Juan el Bautista, no le ofrecen ni un miserable ratón.

29 de octubre

Cuando al día siguiente exhibí ante Adelaide todos mis nuevos conocimientos –actué como si fuera cosa antigua–, ya no pudo disimular más. Le dije que era el doctor quien me había informado de todo ello, él, nada menos que el mensajero de Cimbi-Kita, el más alto de los demonios. Y le mostré un hacha sobre la que yo había derramado tinta roja. La muchacha tragó saliva y se echó a temblar, apenas podía estarse quieta. "Lo sabía", gritaba, "¡lo sabía! ¡se lo dije al papaloi, que era Dom Pedre en persona!". Yo confirmé su teoría –¿por qué el buen doctor no iba a poder ser Dom Pedre a fin de cuentas?–. Ahora yo también sabía que nuestro pequeño pueblo, Petit Goaves, era el cuartel general de la secta de Dom Pedre. Este fue un individuo– ¡y menudo farsante tuvo que ser!- que vino aquí desde la parte española de la isla, hace mucho tiempo, y fundó el culto a Cimbi-Kita, el gran demonio, y su lugarteniente Azilit. Debió hacer un buen negocio. Pero que los demonios que puso aquí me lleven al infierno si yo no saco también provecho de toda esta historia. Ya me ronda la cabeza una idea.

18 de noviembre

Ayer escuché el neklesin, el triángulo del hierro, sonando por todas las calles. Pensé en cuántas veces había oído antes este sonido infantil sin prestarle la más mínima atención. Ahora sé lo que significa: es la espantosa señal que llama a los creyentes al templo. Hice venir inmediatamente a mi pequeña mamaloi y la informé de que en esta ocasión yo participaría en los ritos. Se puso fuera de sí; se arrastró y suplicó, gritó y lloró, pero me negué a ceder. Le enseñé otra vez la vieja hacha de madera manchada de tinta roja, que de nuevo la paralizó de terror. Le dije que había recibido instrucciones de Dom Pedre y que todo debía seguir su curso habitual. Me dejó y fue a hablar con sus houcibossales, sus amigos tatuados del vudú. En estos momentos debe estar allí con ellos; y también el papaloi.

Aproveché que no estaba para leer algunos capítulos de mis libros; he recopilado aquí algunos datos que me parecen fidedignos.

Al parecer, Touissaint Louverture, el libertador de Haití, era él mismo un papaloi, al igual que lo fueron antes el Emperador Dessalines y King Christophe. El Emperador Soulouque era sacerdote vudú; conocí a este negro sinvergüenza cuando vine a Pourt-au-Prince por primera vez en 1858. Y el presidente Salnave, mi viejo amigo Salnave, introdujo él mismo los sacrificios humanos –los sacrificios de los negros-cabra. ¡Salnave! ¿Quién lo hubiera pensado? El mismo bribón con quien ese mismo año llevé a cabo el fraude del embarcadero de Port-au-Prince que me sirvió para sentar las bases de mi fortuna. Luego vino el presidente Salomon, ese viejo idiota, que resultó ser un feligrés devoto del vudú. Su sucesor Hippolyte lo fue menos, se decía, pero según los rumores uno de los rasgos de su personalidad consistía en el gusto por conservar los esqueletos de sus víctimas a modo de recuerdo. Cuando murió hace diez años tuvieron que lidiar con el problema de todos esos huesos apilados en sus habitaciones. Ya puestos me podría haber dejado algunos a mí. Hubiera hecho un buen negocio con ellos –digamos al cincuenta por ciento– y, además, era yo quien le proporcionaba gratis todos sus uniformes, con esos caros espumillones dorados. Y todos sus calipsos salían también de mi bolsillo, igualmente; tampoco tuvo nunca que gastarse un céntimo en untar a los delegados ingleses o sus adjuntos.

Los dos presidentes que gobernaron Haití en los años sesenta y setenta, Geffrard y Boisrond-Canal, eran contrarios al culto vudú. ¡Los dos únicos con lo que tuve problemas para hacer negocios! Fue con ellos instalados en el poder cuando se celebraron los primeros juicios contra los negros que lo practicaban. En 1864 ocho personas fueron fusiladas en Port-au-Prince acusados de los delitos de haber sacrificado a una niña de doce años, comiéndosela después. Y en 1876 un papaloi fue sentenciado a muerte y, dos años más tarde, unas cuantas mujeres. No es mucho, si tenemos en cuenta que según los cálculos de Texier unos mil niños –cabrits sans los llaman fueron descuartizados y comidos cada año. Adelaide todavía no ha regresado. Pero voy a insistir y presionarla hasta las últimas consecuencias. Este también es mi país, y tengo derecho a conocerlo en todas sus peculiaridades.

10 p.m.

El papaloi ha enviado a un emisario, un avalou –una especie de sacristán o algo parecido–, que ha solicitado poder reunirse conmigo en representación de su maestro.

Lo he despachado, negándome a escuchar una sola palabra. Antes de marcharse le he enseñado mi hacha salpicada de tinta, que ha producido otra vez los efectos deseados. Lo he amenazado con coser a tiros al papaloi si no accede a mis deseos.

A las nueve ha vuelto para negociar; lo ha hecho por cierto tan lleno de respeto que ni tan siquiera osaba entrar en mi cuarto. Le he lanzado las peores maldiciones en nombre de Cimba-Kita, el gran demonio. Al menos este tipo ha quedado tan convencido de mi determinación como Adelaide, quien por cierto no ha vuelto a dar señales de vida. Estoy seguro de que la retienen en algún sitio. Ha advertido al avaloi que iré a buscarla, con Dom Padre en persona, si no está aquí en menos de una hora.

Medianoche

Todo está dispuesto. La expedición comienza mañana. El papaloi seguramente se ha dado cuenta de que no iba a ceder un ápice en mis propósitos y ha terminado por aceptar. Como buen sacerdote, también ha tratado de arreglar un buen negocio poniendo la condición de que era preciso que yo donase veinte dólares a los pobres de la comunidad –"los pobres" significa, por supuesto, él mismo; le he enviado el dinero inmediatamente. A estas horas este "consejero privado" de la comunidad negra debe estar contándolos.

A cambio me ha remitido un puñado de plantas podridas para que me diera un baño con ellas con objeto de ser ordenado tal como su dios exige, alcanzando así el grado de canzou. Se supone que uno debe sumergirse en ese fango durante cuarenta días, hasta que toda el agua se haya evaporado; pero a mí se me ha permitido un método más abreviado. He tirado todo a la basura, como es obvio, pero para contentar a Adelaide me he comido el segundo de los regalos –verver, una mezcla de maíz y sangre. Su sabor era detestable. Ahora ya estoy lo bastante purificado como para ser aceptado por estos sacerdotes del diablo mañana noche, entre los bizangos y los quinbindingues.

22 de noviembre

Me cuesta sostener la pluma con la que escribo. Mis brazos tiemblan y mi mano se resiste a obedecer. He pasado dos días hundido en el diván y todavía me asalta la sensación de estar bajo una fiebre. Siento todos mis huesos machacados. Adelaide todavía está en cama. Nada sorprendente, después de lo que sucedió hace dos noches. Si diera cuenta de ello a mi hermano creo que el muy piadoso consejero me devolvería de inmediato todos mis cheques.

¡Dios mío, cómo me duele la espalda! El más pequeño movimiento me hace gritar. Escucho a Adelaide lloriquear en su cama. Hace un rato me encontraba tumbado a su lado. No dijo una palabra; sólo sollozaba en silencio y me besaba la mano. Yo la miraba y apenas podía creer que este pequeño animalito fuese la misma sacerdotisa de garras afiladas y llenas de sangre.

Relataré, con toda tranquilidad, lo sucedido esa noche.

Adelaide partió al amanecer; después del mediodía ensillé el caballo y la seguí. No olvidé cargar con mis dos queridas Browings, por lo que pudiese pasar. Esta vez conocía el camino hasta el honfou y lo alcancé a la caída del sol. Ya desde lejos podía escuchar voces excitadas, mezcladas con el penetrante sonido del neklesin. El gran claro del bosque rebosaba de cuerpos negros; se habían quitado las ropas y sólo se cubrían con unos cuantos taparrabos rojos. Habían vaciado ya muchas de sus botellas de tafia y, excitados por el alcohol, corrían de aquí para allá a lo largo del sendero flanqueado con gallos empalados en estacas. Chillando, rompían las botellas vacías bajo el gran fresal sagrado. Por lo visto me estaban esperando. Se aproximaron unos cuantos hombres, ataron mi caballo a un árbol y me condujeron a través del sendero, derramando y salpicando sangre de sus vasijas sobre las gallinas que corrían a nuestro alrededor, como si fuesen penosas flores conmemorativas. A la entrada del templo alguien me hizo agarrar una botella, que estrellé a los pies del fresal. Penetramos en la habitación vacía, con una multitud siguiéndome. Empujado por los cuerpos desnudos llegué hasta el cesto de la serpiente.  A las vigas y travesaños habían asegurado varias potentes antorchas que lanzaban su humo lleno de hollín al cielo a través de los agujeros del techo. Me gustó ver el brillo rojo sobre los cuerpos negros y relucientes; me puso de buen humor.

Al lado de la cesta ardía un fuego bajo un gran caldero. Me aproximé a los músicos sentados frente a sus timbales, Houn, Hountor y Hountorgri, dedicados a los tres apóstoles, Pedro, Pablo y Juan. Detrás observé a un tipo gigantesco que golpeaba el assauntor, el tambor fabricado con la piel del último papaloi muerto. El ritmo se aceleró, imponiéndose sobre el griterío de la multitud que llenaba la choza.

El avalous hizo que los negros retrocediesen y se apartasen a los lados abriendo un espacio en el centro. Arrojaron haces de leñas y ramas secas, y acercaron las antorchas. Un instante después ardía un gran fuego sobre la tierra pisoteada. Hicieron aproximarse al círculo a cinco neófitos, tres mujeres y dos hombres. Acababan de terminar sus cuarenta días de purificación en el fango que yo, afortunadamente, había podido eludir. Los tambores se pararon y el papaloi se aproximó.

Era un negro viejo y escuálido; como el resto, llevaba sólo un pañuelo rojo a modo de taparrabos. Lucía también una cinta azul alrededor de la frente, sobre la que caía desparramado un asqueroso y espeso montón de cabello. Sus asistentes los dijons le entregaron una masa de pelo, trozos de cuernos y hierbas, que él esparció con parsimonia en el fuego, canturreando encantamientos a los dos gemelos celestiales Saugo, el dios del rayo, y Bado, el dios de los vientos, para que su soplo alcanzase a las llamas. Luego ordenó a los temblorosos neófitos que saltasen dentro del fuego. Los dijons le ayudaron tratando de convencerlos y empujándolos al final; era algo maravilloso verlos desaparecer y aparecer de entre las llamas. Finalmente se les permitió salir y el sacerdote los condujo junto al caldero que hervía al lado de la cesta de la serpiente. Ahora imploraba a Opete, el pavo sagrado, y a Assougie, la cotorra celestial. En su honor los neófitos estaban obligados a meter las manos dentro del caldo hirviente, alcanzar los trozos de carne del fondo y distribuirlos entre los adeptos envueltos en grandes hojas de repollo. Una y otra vez sus manos escaldadas desaparecían en la olla burbujeante, hasta que el último de los adeptos obtuvo su hoja. Sólo entonces el viejecito los aceptó como miembros de pleno derecho de su comunidad –en el nombre de Attaschollos, el gran espíritu que gobernaba el mundo– y los entregó a las manos misericordiosas de sus familiares y amigos, que procedieron a ungir sus manos hinchadas con pomadas diversas. Yo había estado sintiendo curiosidad por si el benevolente anciano también me reservaba a mí la misma ceremonia, pero nadie me molestó. De hecho, me dieron también un trozo de carne, que comí como todos los demás. Los dijons echaron más combustible al fuego hasta que crepitó otra vez.

Arrastraron por los cuernos hasta él a tres carneros, dos de ellos blancos y uno negro, situándolos delante del papaloi que sin demasiada ceremonia les atravesó la garganta con un gran cuchillo, cortándoles luego la cabeza con un fuerte movimiento de los brazos. Las alzó, mostrándolas primero a los músicos, luego al resto de adeptos, y consagrándolas al dios del caos, Agaou Kata Badagri, las tiró dentro del caldero. Mientras tanto los dijons habían estado ocupados recogiendo la sangre en grandes vasijas. La mezclaron con ron y la dieron a beber a todo el mundo. Despellejaron a las cabras y las pusieron sobre el fuego. Yo bebí, como todos los demás; un sorbito al principio, luego más y más. Me notaba extrañamente intoxicado; era una embriaguez salvaje, llena de lujuria, que hasta entonces no había experimentado. La parte de mi mente que contemplaba distanciada toda la escena desaparecía de mi conciencia; cada vez más, entraba en el mundo brutal del que creía en lo que estaba viviendo.

Con un trozo de carbón el dijons dibujó un círculo negro en el suelo cerca del fuego. El papaloi entró en él. Y mientras los pedazos de carne se asaban y chisporroteaban, invocó en voz alta a Allegra Vadra, el dios-que-todo-lo-sabe. Le rogó que iluminase a sus sacerdotes y a su congregación de fieles. Y, a través de él, dicho dios habló, y nos comunicó que la iluminación llegaría cuando hubiesen devorado la carne de los carneros. Enseguida las figuras negras se abalanzaron sobre la hoguera, comenzaron a arrancar pedazos de carne con las manos y la comieron, todavía humeante y a medio hacer, partiendo los huesos y lanzándolos a la oscuridad de la noche a través de los agujeros practicados en el techo de la choza, tras roerlos. Todo, en honor de Allegra Vadra, el gran dios.

Se reanudó el golpeteo de los timbales. Empezó Houn, el más pequeño; luego Hountor y Hountorgri se sumaron a él. Finalmente, el poderoso tambor Assountor comenzó a retumbar su detestable canción. La excitación aumentó; la presión de los cuerpos de los negros sobre mí se hizo más evidente. El avalour apartó lo que quedaba del asado y esparció los restos del fuego. La multitud de negros se adelantó con ímpetu hacia él.

Y de pronto la vi sobre la cesta de la serpiente, sin que yo supiera cómo había llegado allí: Adelaide, la mamaloi. Al igual que el resto, sólo llevaba unos pañuelos que le tapaban el pubis y el hombro izquierdo. Un lazo azul de sacerdotisa le adornaba la frente; miré sus maravillosos dientes brillando a la roja luz de las antorchas. Resultaba una visión exquisita. ¡Absolutamente exquisita! El papaloi se le acercó con la cabeza inclinada y le ofreció una gran vasija llena con ron y sangre, que ella bebió de un sorbo. Los tambores se apagaron. Suavemente al principio, entonó in crescendo la gran canción de la serpiente sagrada: 

Leh! Eh! Bomba, hen, hen!
Cango bafio te,
Cango moune de le,
Cango do ki la
Cango li!
Leh! Eh! Bomba, hen, hen!
Cango bafio te,
Cango moune de le,
Cango do ki la
Cango li!

La acompañaba el más pequeño de los timbales, que al final también enmudeció. Adelaide convulsionaba las caderas, moviendo la cabeza hacia delante y atrás, trazando en el aire extraños movimientos ondulantes. La multitud callaba, ávida y sin aliento. Alguien dijo en voz baja: "Bendita seas, Manho, nuestra sacerdotisa". Y otro: "San Juan Bautista te bese en los labios, Houagan, su adorada". Los ojos de los negros parecían salirse de sus órbitas, mirando a su mamaloi.

Esta, con voz trémula, dijo: "¡Venid! ¡Houedo os escucha! ¡La gran serpiente!"

Todos se aproximaron. A los sacerdotes y sirvientes les resultaba casi imposible mantener el orden.

"¿Tendré un nuevo asno este verano?" – "¿Crecerá bien mi bebé?" – "¿Regresará conmigo mi hombre, al que han hecho soldado?"  Todos tenían una pregunta que plantear, un deseo que exponer.

La negra profetisa respondió. Hundió la cabeza en su pecho, estiró los brazos frente a ella, rígidos; sus dedos se curvaron dolorosamente –perfectos oráculos que no respondían ni "si" ni "no", pero de los cuales cada uno podía extraer la respuesta que anhelaba escuchar. Y una vez satisfechos se hacían a un lado, arrojando una moneda de cobre en el viejo sombrero de fieltro que les extendía el papaloi. Vi también que algunos arrojaban plata.

De nuevo los timbales; lentamente, la mamaloi pareció despertar de su trance. De un salto bajó de la cesta, sacó de ella a la serpiente y la montó. Era un reptil largo, de color amarillo y negro. Confuso por el resplandor de las llamas el animal sacaba la lengua y serpenteaba alrededor de los brazos extendidos de la sacerdotisa. Los fieles se inclinaron hasta tocar la tierra con la frente. "¡Larga vida a mamaloi, nuestra madre y reina! Houdja-Nikon, que manda sobre todos nosotros". Suplicaron a la gran serpiente, y la sacerdotisa les exigió el juramento de eterna lealtad. "¡Que se pudran vuestros cerebros y vuestros intestinos si rompéis esta promesa vuestra!”. Cantaron: "Tres juramentos te hacemos, Hougon-badagri, San Juan Bautista, tú que vienes a nosotros como Sobagui, como Houedo, el gran dios vudú".

La mamaloi abrió otra cesta que había detrás de ella. Sacó varias gallinas, blancas y negras, y las tiró al aire. Los fieles saltaron, atrapándolas en el aire y arrancándoles la cabeza con las manos. Los animales revoloteaban presas del pánico. Los negros bebían con codicia la sangre que manaba a borbotones. Luego las arrojaban por los agujeros del techo. "Para ti, Houedo, para ti, Hougonbadagri, como prueba de nuestra promesa".

Seis negros se agolparon detrás de la mamaloi, presionándola con sus cuerpos. Todos ellos llevaban máscaras de demonios; de los hombros colgaban pieles de cabra, y sus cuerpos estaban pintados con sangre.

"¡Temed, temed a Cimbi-Kita!", gritaban. La muchedumbre retrocedió y abrió un espacio, que los demonios se apresuraron a ocupar.

Llevaban con ellos una niña de diez años atada con una cuerda al cuello. La niña miraba a su alrededor, sorprendida, tímida, temerosa, pero no lloraba. Le costaba mantenerse derecha, borracha como estaba del ron que le habían hecho beber. El papaloi se acercó.

"¡A Azilit te entrego, y a Dom Pedre!  ¡Que te conduzcan hacia Cimbi-Kiti, el más alto de los demonios!"

Roció el espeso cabello de la niña de hierbas, de virutas de cuerno y mechones de pelo, y luego depositó sobre todo ello un gran puñado de brasas. Pero antes de que la aterrorizada niña pudiese alcanzar con sus manos el fuego que comenzaba a prender en su cabeza, la mamaloi, con un chillido, saltó sobre ella como una maníaca desde la cesta de la serpiente; sus dedos sujetaron su pequeño cuello, la levantó en el aire y la estranguló.

"¡Aa-bo-bo!", gritaba.

Parecía como si no fuese a soltar nunca a su víctima. Al final la sacerdotisa jefe tiró a un lado el cuerpo sin vida, cogió el machete y luego, tal como el papaloi había hecho antes con los carneros, le separó la cabeza del cuerpo de un golpe . Al mismo tiempo los sacerdotes del diablo elevaron sus poderosas voces:

Interrogez le cimetiere,
Il vous dira
De nous ou de la mort,
Qui des deux fournit
Les plus d'hotes.


El papaloi se apoderó de la cabeza y la mostró a los músicos y a la congragación; de nuevo, la arrojó al caldero que borboteaba. Rígida, indiferente, la mamaloi permanecía de pie, observando cómo los sacerdotes recogían en vasijas de ron la sangre que manaba del cuerpo de la niña y reducían este a piezas. Como si tratase de animales, arrojaron los trozos a los fieles; estos cayeron sobre ellos empujándose y arañándose.

Aa-bo-bo! Le cabrit sans cornes!”, chillaban.

Y todos ellos bebieron de la sangre fresca mezclada con ron. Un brebaje asqueroso, pero una vez lo tragas, lo cierto es que se siente uno impelido a beber más y más. Uno de los brujos avanzó hacia el círculo donde se encontraba la sacerdotisa. Se quitó la máscara; se quitó las pieles. Permaneció allí desnudo, su cuerpo negro extrañamente cubierto de sangre y vísceras. Todos callaban; sólo una voz podía oírse. La del pequeño tambor Houn, marcando lentamente el ritmo del diablo, la danza de Dom Pedre, que estaba a punto de empezar.

El danzante no movía un músculo y así permaneció por algunos minutos. Luego comenzó a agitarse hacia delante y hacia atrás, primero la cabeza, al poco el cuerpo. Todos sus músculos estaban tensos. Una extraña excitación pareció caer sobre él, infectando a todos como un fluido místico.

Se miraban unos a otros, todavía sin avanzar; pero uno podía sentir cómo los nervios se estremecían. El sacerdote comenzó su danza, girando primero con lentitud, luego con rapidez. El Houn sonó más fuerte; el Hountor se unió. Ahora los cuerpos comenzaron a mostrar señales de vida; uno levantó un pie, el otro un brazo. Los negros se comían con los ojos. Dos de ellos se agarraron y se unieron en la danza. El Hountogri sonó también, y la piel humana del poderoso Assauntor retumbó con espanto, arrojando oleadas de lujuria.

Comenzaron a brincar y bailar. Girando sobre sí mismos, pateando la tierra como cabras, arrojándose unos sobre otros, golpeando el suelo con sus cabezas y levantándose de nuevo, agitando brazos y piernas y chillando en desvarío al ritmo que marcaba la sacerdotisa. Ella se erguía llena de orgullo en medio de todos, entonando su salmodia mientras levantaba la serpiente sagrada: “Leh! Eh! Bomba, hen, hen!”. A su lado permanecía el papaloi, concentrado en arrojar sangre de una gran tinaja sobre las figuras que se convulsionaban, coreando como fieras la canción de su reina.

Se arrancaron los andrajos que llevaban por ropa. Sus extremidades se entrelazaron; una transpiración bochornosa emanaba de sus cuerpos desnudos. Borrachos de vino y sangre, dominados por una lujuria irrefrenable, cayeron como animales unos sobre otros, tirándose a la tierra, izándose en el aire, mordiéndose. Y yo me sentí irresistiblemente arrastrado a esa danza de locos. Una lujuria vesánica invadió toda la choza, un sangriento delirio erótico que trasciende todos los límites humanos. Hacía ya rato que habían dejado de cantar; en sus convulsiones, sólo pronunciaban el horrible grito: “Aa-bo-bo!”

Recuerdo a hombres y mujeres mordiéndose, poseyéndose de todas las maneras posibles. Sedientos de sangre, hundían sus uñas en la carne, infringiéndose profundas heridas. La sangre apaciguaba sus sentidos. Recuerdo a hombres arrastrándose encima de otros hombres; mujeres con mujeres. En un rincón cinco cuerpos agolpados y fuera de sí; al lado, otro cuerpo inclinado a cuatro patas sobre el cesto de la serpiente, como un perro. Su loca lujuria no conocía distinciones, ni siquiera era capaz de distinguir a seres vivos de objetos inanimados.

Dos muchachas negras cayeron sobre mí; me arrancaron la ropa. Agarré sus pechos, las tiré al suelo, rodé con ellas, mordiendo, chillando –como cualquiera de los demás. Vi a Adelaide que estaba siendo poseída por un hombre detrás de otro; y por mujeres también, siempre distintas –sin que ninguno pudiese saciar su lujuria diabólica. Corrió hacia mí denuda; del pecho y de los brazos le brotaba la sangre. Sólo la cinta azul de sacerdotisa seguía adornándole la cabeza. Sus nudosos mechones de pelo negro le caían sobre la cara como un montón de culebras. Me tiró al suelo, aprisionándome con las piernas, se levantó otra vez y apoderándose de una muchacha la tiró sobre mí. La vi alejarse entre los abrazos de los negros.

Sin poder resistirme me sumergí en el frenesí más salvaje y en la más extraordinaria de las orgías; saltando, rugiendo y gritando, tan loco o más que cualquiera, el horrible “¡Aa-bo-bo!”

Desperté fuera, entre un montón de cuerpos que dormían. El sol brillaba en lo alto. A mi alrededor todo eran negros y negras, gruñendo y agitándose en sueños. Haciendo un gran acopio de voluntad me levanté y me miré los trozos de ropa que colgaban  en jirones sangrientos. Adelaide dormía cerca, magullada y cubierta de sangre de los pies a la cabeza. La cogí en brazos y la cargué sobre mi caballo. No sé de dónde saqué las fuerzas; pero me las apañé para subir a él, y así volví a casa, con la mujer inconsciente en mis brazos. Tuve que llevarla a su cama y yo me dirigí a la mía...

Puedo escuchar ahora sus lloriqueos. Iré a prepararle un vaso de limonada.

7 de marzo, 1907

Han pasado algunos meses. Mientras releo estas últimas páginas me parece como si hubiera sido otro, y no yo, quien experimentó las cosas que he descrito. Me resulta todo tan lejano, y tan extraño. Y en particular, cuando me encuentro con Adelaide, debo forzarme a admitir que también ella estuvo presente. Ella, ¿esta criatura tierna y confiada, esta pequeña muchacha tan llena de felicidad, una mamaloi? Ahora sólo tiene un pensamiento obsesivo: nuestro hijo. ¿Será realmente un niño? ¿Lo será pues, sin duda? Me lo pregunta cien veces cada día. Y cien veces estalla de gozo cuando le doy mi palabra de que sí lo será. Resulta demasiado cómico: este niño que todavía no puedo ver ocupa también la mayor parte de mis pensamientos. Nos hemos puesto de acuerdo con el nombre; toda la ropita está preparada para recibirlo. Y yo estoy tan preocupado por este pequeño gusano como lo está Adelaide.

Por cierto, he descubierto una extraordinaria nueva facultad en ella. Ahora que ha llegado a especializarse en la naturaleza de mis negocios demuestra poseer un innato talento para ello. He empezado a operar en una nueva rama que me proporciona un gran deleite: la destilación de "agua milagrosa" apta para todo tipo de cosas. La receta es de lo más simple: agua de lluvia a la que añado un poco de salsa de tomate para darle un ligero tono rosáceo. La sirvo en pequeñas botellas chatas que importo ya etiquetadas de Nueva York. La etiqueta ha sido diseñada siguiendo estrictamente mis instrucciones; muestra el hacha ensangrentada de Cimbi-Kita, con esta inscripción: Eau de Dom Pedre. Las botellas me cuestan tres céntimos cada una y las vendo por un dólar. Se venden muy bien; los negros casi se pegan por ellas.

Desde la semana pasada también las estoy exportando al interior por vía marítima. Los compradores están muy satisfechos; afirman que sirve maravillosamente para toda clase de dolencias. Si supieran escribir seguro que tenía ante mí ahora mismo un ingente número de testimonios. Adelaide por supuesto también está convencida de sus poderes sobrenaturales, y participa en su fabricación con entusiasmo fanático. Su salario y porcentaje –también obtiene un porcentaje de las ventas– revierten de nuevo en mí, ya que me lo entrega siempre con el fin de que lo guarde "para su niño". Es ciertamente una criatura encantadora, esta negrita. Casi creo que estoy enamorado de ella.

26 de agosto de 1907

Adelaide no cabe en sí de gozo. ¡Por fin tiene a su niño! Pero eso no es todo. El chico es blanco, y eso la llena de un orgullo increíble. Los bebés negros, como es sabido, no son negros al nacer sino de color rosado, exactamente igual que los de los blancos. Pero mientras que estos permanecen blancos a medida que crecen, los de los negros van volviéndose negros, castaños al menos en el caso de los híbridos. Adelaide lo sabe, y con lágrimas en los ojos espera el momento en que el niño se vuelva negro. Nunca lo suelta de sus brazos, ni por un segundo, como si con ello pudiera impedir que a la larga adquiera su color natural. Pero, hora a hora, el tiempo pasa; y un día sucede a otro; y su niño blanco permanece blanco –blanco como la nieve de hecho, más blanco que yo mismo. Si no mostrase ese pelo negro espeso y nudoso típico de su raza nadie creería que su destino es dejar de ser blanco. No fue hasta que pasaron tres semanas que Adelaide me permitió tomarlo en brazos. Nunca había sostenido a un niño; fue una sensación extraña, cuando este pequeño hermanito me sonrió y extendió sus bracitos hacia mí. Qué fuerza tan extraordinaria tiene ya en los dedos, particularmente en sus pulgares –que, por supuesto, muestran tres articulaciones–, ¡es realmente un rufián maravilloso!

Observar a su madre tras el mostrador de mi despacho en la fábrica, con las rosadas botellas de agua milagrosa apiladas detrás de ella, resulta una visión gozosa: su  generoso escote negro asomando de la blusa roja, y el niño tomando su pecho, lleno de salud y energía. Realmente me siento bien en mi vejez, más joven que nunca. Para celebrar el cumpleaños de mi hijo he enviado una remesa extra a mi querido hermano. Puedo fácilmente permitírmelo; siempre quedará suficiente para el chico.

4 de septiembre

Me había jurado a mí mismo que nunca más tendría nada que ver con esta turba del vudú, a menos que tuviese relación con mi negocio de agua milagrosa. Ahora me veo de nuevo obligado a tratar con ellos, después de todo; no como participante de sus ritos, sino como saboteur.

Ayer vino a verme llorando la bruja que cuida de mi jardín. Su bisnieto había desaparecido. La consolé diciéndole que seguramente había huido a los bosques. Al principio ella creyó eso y se dedicó a su búsqueda durante algunos días; pero se había enterado de que estaba en poder de los bidangos. Estos lo retenían en una choza en las afueras del pueblo y la semana próxima lo iban a sacrificar en honor de Cimbi-Kita, Azilit y Dom Pedre. Le prometí que la ayudaría y ese mismo día hice ensillar mi caballo y me dispuse a cumplir mi misión. Cuando llegué a la choza de paja un negro me salió al encuentro. Lo reconocí como uno de los brujos que aquel día bailaba con una máscara de demonio. Apartándolo, entré y hallé al chico dentro de una gran caja atado de pies y manos. A su lado vi grandes pedazos de pan de maíz empapados en ron. Me miró con los ojos estúpidos de un animal. Lo solté y me lo traje conmigo, sin que el sacerdote vudú se atreviese a impedírmelo. Esa misma noche lo hice embarcar a bordo de la línea Hamburgo-Americana. Al capitán le entregué una carta dirigida a un amigo mío en St. Thomas, dándole instrucciones para que cuidase de él. Esta gente del vudú no dejará escapar tan fácilmente a alguien que ya ha sido destinado al matadero. La vieja lloró de alivio al saber que su bisnieto, su única felicidad– de hecho, un bribón de lo más inofensivo– se encontraba a salvo en un barco. Ahora no tiene nada que temer; cuando regrese ya será un hombre hecho y derecho, perfectamente capaz de ofrecer sacrificios él mismo.

Lo cierto es que actuar así me produjo cierta satisfacción. Lo considero una revancha por todos los chicos mulatos que han desaparecido de mi hacienda en los últimos tiempos. La vieja me ha dicho que el destino de todos ellos había sido el mismo reservado a su bisnieto.

10 de septiembre

He vuelto a reñir con Adelaide, por primera vez en muchos meses. Le contaron que yo había rescatado al bisnieto de Phylloxera y me preguntó si era verdad. Los brujos de Cimbi-Kita habían destinado al chico al sacrificio; ¿cómo había osado yo quitárselo de sus garras?.

Durante todo este tiempo nunca habíamos vuelto a hablar de vudú, desde que poco después del festín sacrificial ella misma me hubo comunicado su renuncia voluntaria a los oficios de mamaloi. Ya no sería más una sacerdotisa, me dijo, porque me amaba demasiado. Me reí al escucharla, pero interiormente me sentí complacido.

Ahora ha empezado a dar la lata otra vez con esa maldita superstición. Al principio traté de razonar con ella, pero me rendí pronto, dándome cuenta de que iba a resultar imposible arrancarla de una fe que había estado mamando directamente de la leche de su madre. Además me daba perfecta cuenta de que sus reproches no estaban provocados sino por el amor que sentía hacia mí, y por su miedo ante mi propia seguridad. Lloró y lloró, y nada pude hacer para calmarla.

15 de septiembre

Adelaide está imposible. Donde quiera que mire ve sombras. Permanece constantemente a mi lado como un perro guardián. Resulta ciertamente conmovedor, pero también un fastidio, en particular porque el chico, al que nunca deja solo, hace gala de poseer una notable voz. Me prepara ella misma todas mis comidas y no contenta con eso las prueba antes. He podido saber que estos negros son hábiles preparando venenos y que tienen un extraordinario conocimiento de la botánica de su país, aunque dudo mucho que alguno de ellos se atreva a usar su ciencia contra mí. Así que siempre me río de las advertencias de Adelaide, si bien en mi fuero interno no dejo de experimentar cierta inquietud.

24 de septiembre

Vaya, de lo que se entera uno. ¡Parece que estos brujos me han robado el "alma"! Lo sé por Phylloxera; la vieja no se muestra menos excitada y ansiosa por mí que la propia Adelaide. Hoy vino a advertirme. Le dije a Adelaide que se retirase a su habitación pero insistió en escucharlo todo. Los brujos han extendido el rumor de que he traicionado a Cimbi-Kita, a quien juré lealtad eterna; que soy un loup-garou, un hombre-lobo que bebe la sangre de los niños mientras duermen. En consecuencia algunos de los dijons robaron mi alma fabricando una figura de arcilla a mi imagen y semejanza y ahorcándola en su templo. Por sí mismo resultaría de lo más inocuo, si no fuera por lo que implica: puesto que ahora soy un hombre sin alma, a cualquiera le está permitido asesinarme. De hecho cualquiera que lo haga obrará una buena acción.

El asunto de todas formas no reviste mayor importancia y no tengo intención de compartir los miedos de estas mujeres. Mientras mis perros guarden la entrada de mi casa, mientras disponga de mis dos Brownings junto a mi cama, y mientras Adelaide se encargue de prepararme la comida, ciertamente no temeré a estos negros.

"¡Dime qué negro se ha atrevido a día de hoy a atacar a un blanco!", consolé a Adelaide.

Pero ella respondió: "¡Es que no lo entiendes! ¡tú ya no eres un hombre blanco! desde que juraste lealtad a Cimbi-Kita, tú ya eres uno de lo suyos"

2 de octubre

Siento lástima por esta pobre mujer. Me sigue como mi propia sombra; ni por un segundo me pierde de vista. Apenas duerme, sentada en una silla a los pies de mi cama y guardando mi sueño.

Ya ni siquiera llora; permanece a mi lado en silencio como si hubiese batallado consigo misma y tomado finalmente una gran resolución.

He considerado la idea de vender mi negocio; a Alemania me niego a regresar. No porque tema entrar en conflicto con sus leyes estúpidas –hace ya tiempo que dejé de interesarme por otras mujeres, desde que tengo a mi lado a Adelaide y al niño. Pero definitivamente no puedo presentarme allí con una negra como esposa.

Podría retirarme a St. Thomas; Adelaide se sentiría allí como en casa. Podría levantar una hacienda y empezar una nueva rama del negocio, si es que quiero mantenerme ocupado. Ojalá pudiera deshacerme aquí de mis cosas a un precio razonable.

Escribo ahora en mi habitación, que parece un fuerte. Adelaide se ha marchado; no ha dicho adónde, pero estoy convencido de que quiere hacer un trato con los negros del vudú. Los tres perros están en la habitación de al lado, tras la puerta cerrada; mi revólver en la mesa. Es realmente ridículo, ¡qué negro se atrevería a levantar la mano contra mí a plena luz del día! Pero he tenido que ceder a los deseos de Adelaide. Ha marchado sola; el niño duerme en el diván, a mi lado. Espero que regrese con buenas noticias.

30 de octubre

Creo que Adelaide se ha vuelto loca. Llegó chillando y comenzó a golpear mi puerta. La abrí con el corazón en la boca y entró como una exhalación en dirección al niño, cogiéndolo en sus brazos y casi ahogándolo con sus caricias. El pequeño empezó a llorar. Pero ella no lo dejó; lo besaba, lo abrazaba. Por un momento temí realmente que lo asfixiase.

Su actitud me da miedo. No dice nada, aunque aparentemente su intento de llegar a un acuerdo con los negros ha tenido éxito. Ya no prueba mi comida antes de que yo la coma; su ansiedad parece haber desaparecido. Esto prueba que el peligro ya ha pasado. Pero todavía me sigue como un perro. Durante las comidas se sienta a mi lado sin probar bocado ella misma; pero no me quita los ojos de encima.

Algo espantoso está fermentando en su cabeza. Pero no dice nada; no deja escapar ni la más pequeña pista. No es mi deseo atormentarla más porque veo claramente que su amor por mí la está consumiendo.

Voy a llevar a cabo todos los pasos necesarios para escapar de aquí tan rápido como sea posible. Ya he hablado con el agente de la línea Hamburgo-Americana. No rechaza el trato, pero insiste en pagar apenas una cuarta parte de lo que realmente vale mi negocio, y sólo a plazos. Y aun así seguramente accederé. He estado ahorrando durante mucho tiempo y tengo más que suficiente para cubrir esta transacción con pérdidas. Dios, ¡cómo se va a alegrar Adelaide cuando se lo diga! Luego me casaré con ella por el bien del chico. Adelaide se lo ha ganado. Cuando todo esté listo, le diré: "Niña, prepara tus cosas que nos vamos ahora mismo". ¡Se volverá loca de alegría!

11 de noviembre

Mis negociaciones progresan bien. Ha llegado el cablegrama del banco del agente naval comunicándome que tienen el adelanto preparado para cubrir el primer plazo. Esto pone fin al primer obstáculo; sobre los detalles posteriores llegaremos sin duda a un acuerdo, dado que estoy dispuesto a cualquier compromiso por mi parte. El tipo lo sabe e insiste en llamarme su "amigo y benefactor". Bien, no lo culpo por no poder ocultar su alegría.

Me resulta difícil no dejar escapar mi secreto a Adelaide. Su estado empeora día a día. Bien, si lo ha soportado hasta ahora, sin duda podrá aguantarlo una semana más, y entonces su alegría será mayor. Ha ido a ver a sus hermanos del vudú un par de veces y siempre ha vuelto más trastornada todavía. No puedo comprenderlo ya que resulta obvio que el peligro ha pasado. Por las noches dejamos las puertas abiertas como siempre hemos hecho, y prepararme la comida es de nuevo competencia de los cocineros. ¿Qué puede estar pasando?

Apenas dice una palabra; pero su celo por mí y por el niño crece cada día, crece casi sin límites. Hay en él algo tan misterioso que casi me quita el aliento. Si cojo al niño y lo pongo sobre mis rodillas para jugar con él, Adelaide pega un grito, cruza la habitación y se lanza sobre la cama chillando y llorando como si tuviera roto el corazón.

Está enferma y lo peor es que me está contaminando a mí con su extraña enfermedad. Bendeciré el momento en que podamos salir de este agujero y de los horribles secretos que esconde.

15 de noviembre

Esta mañana estaba fuera de sí. Se empeñó en hacer unos recados llevándose al niño con ella. Se despidió de una forma extraña. Miré sus ojos, habitualmente hinchados por el llanto, y vi que estaba llorando otra vez. No me dejaba ir de sus brazos; me mostraba al niño y me pedía que lo besase –en fin, una escena que casi me conmovió. Por suerte, fue justo después cuando llegó el agente de la línea naval con todos los papeles que yo debía firmar. Ahora los trámites ya están hechos y el cheque del banco descansa en mi bolsillo. La casa ya no me pertenece; pedí al nuevo comprador que me permitiese permanecer en ella algunos días más. "¡Y medio año si lo necesita usted, amigo mío!", respondió. Pero le prometí que ni siquiera sería una semana. El sábado suelta amarras el vapor que se dirige a St. Thomas, y para entonces ya todo estará listo.

Ahora voy a poner flores en la mesa. Cuando Adelaide regrese le comunicaré las maravillosas noticias.

5 p.m.

¡Estoy desesperado! Adelaide no ha vuelto, no sé nada de ella. ¡Simplemente no ha vuelto! Me he dirigido al pueblo, nadie la ha visto. De nuevo en casa, todavía no ha llegado. He ido al jardín en busca de la vieja, pero no estaba. Al llegar a su choza me la he encontrado atada a un contrafuerte.

"¡Por fin ha venido! ¡dese prisa, antes de que sea tarde!". La he liberado cortando las cuerdas; no podía entender lo que me decía esta loca. "Ha ido al honfou…la mamaloi", tartamudeaba. “Al honfou, con su hijo. Me ataron para que yo no lo avisase a usted". He venido corriendo a casa a por mis pistolas. Escribo esto mientras me ensillan el caballo. Dios mío, qué es lo que van a hacerle allí...

16 de noviembre

Fui a través del bosque. Creo que no pensaba en nada; sólo en esto: debes llegar a tiempo, debes llegar a tiempo.

El sol ya había caído cuando crucé el claro. Dos negros se apoderaron de las riendas de mi caballo; les azoté las caras con el látigo. Bajé, até el caballo al fresal sagrado. Luego me precipité dentro del honfou, abriéndome paso a empujones entre la muchedumbre.

Sé que lancé un grito. Al fondo, a la luz de las antorchas, vi de pie sobre la cesta a la mamaloi, con la serpiente enrollada sobre sus pies. Y sostenido en lo alto por el cuello, mi hijo. ¡Y lo estrangulaba, lo estrangulaba!

Saqué mis Brownings y abrí fuego. Dos tiros; uno en la cara de la mujer, el otro en su pecho. Cayó de la cesta. Me acerqué corriendo y cogí al niño. Enseguida me di cuenta de que estaba muerto, todavía caliente.

Comencé a disparar sobre la multitud a izquierda y derecha. Los negros se daban empujones y caían; gritaban y aullaban. Cogí las antorchas que flanqueaban las paredes y prendí fuego a la paja del techo. Ardió como la yesca.

Subí a mi caballo y emprendí el viaje de regreso, cargando mi niño muerto. No había podido salvarlo; no de la muerte, pero sí de los dientes de los demonios. Sobre mi escritorio he encontrado esta carta, no sé cómo llegó ahí:

"Has traicionado a Cimbi-Kita y han resuelto matarte. Pero te dejarán vivo si sacrifico a mi hijo. Lo quiero; pero a ti te quiero más. Así que haré lo que Cimbi-Kita pide. Sé que me apartarás de tu lado cuando sepas lo que he hecho. Voy a tomar veneno y no me verás más. Así sabrás lo que te quiero. Ahora estás seguro otra vez.

Tu querida Adelaide"

Así es como mi vida yace ahora hecha trizas delante de mí. ¿Qué voy a hacer? Ya no lo sé. Pondré estas hojas dentro de un sobre y las despacharé por fin. Es todo lo que me queda por hacer. ¿Y luego?

*.*

Le respondí inmediatamente. Mi carta partió al cuidado de un agente de la línea naval, acompañada de esta nota: "Urgente, por favor". Me la devolvieron con otra: "Destinatario fallecido".

Hanns Heinz Ewers: Die Mamaloi. Das Grauen, Georg Müller Verlag, München, 1907

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4 comentarios:

Joaquín Huguet dijo...

Hermosísimo relato, amigo Formica, que me recuerda a la atmósfera de "Ancho mar de los Sargazos". Me sorprende los nombres de "Mamaloi" y "Papaloi", una corrupción de la palabra “ley” en francés: la ley de papa, una parodia grotesca de la Francia revolucionaria. He leído en un artículo que al tal Ewers le gustaban estas escenas truculentas, y que en sus relatos abundan asimismo los infanticidios. También veo en la sugestión hipnótica de los personajes una reminiscencia de "la araña". Todos saben cuál es su final, pero son incapaces de salir huyendo; incluso el protagonista, cuando intuye su salvación, cae en las redes de su destino. La estructura y la tensión del relato son parecidas, salvo en los toques exóticos, por supuesto; si bien, aquel no era tan truculento ni tan explícito en su contenido erótico.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Me alegro de que le guste señor Huguet. En mi opinión, Ewers aquí no acaba de resolverse del todo bien entre su habitual ánimo de "provocateur" lleno de humor, y las reglas del cuento de misterio o terror pulp. El que estoy terminando de traducir, "The Box of Counters", me parece sensiblemente superior y más logrado en su tono; lo colgaré pronto.

Resulta fácil observar a Ewers como un autor truculento del montón; pero fue mucho más que eso, realmente abrazó e interiorizó, y sobre todo presagió todas las claves de su época, y especialmente su trilogía de novelas "El aprendiz de brujo"/"Alraune"/"Vampir" son de una complejidad casi sobrenatural, al margen de su valor estrictamente literario; auténticas piedras de toque del periodo colonial comprendido entre principios del XX con su gestación del horror y la II Guerra Mundial; una fuente de significados tan interesante como pongamos por caso pudo serlo Huysmans para su tiempo en Francia.

No caigo en lo del "infanticidio" del que hablas, quizá viene en "El aprendiz de brujo",o de algunas partes de "Alraune". Hace unos días leí en uno de los libros de Alfred Rosenberg, que son absolutamente absurdos y penosos, una alusión al cuentecito de Ewers "El País de las Hadas", que el ideólogo nazi "interpreta" como una prueba de la degeneración de ciertas razas. En el blog EnLaListaNegra están rescatando muchos autores alemanes y austro-húngaros de este periodo de incubación; una corriente subterránea, oscurísima, muy olvidada, terrible, en la que Ewers se inscribe fácilmente.

koldeway94 dijo...

Buenas tardes, senor. Acabo de descubrir este blog y me siento muy feliz que haya personas que hayan descubierto a este escritor alemán. Ewers, en mi modesta opinión, fue uno de los muchos escritores que recibió la influencia de los círculos literarios de centro Europa, de Viena principalmente, y por ende, de la gran novedad que fue por aquella época el psicoanálisis. Es obvio que Ewers fue un gran entusiasta del mismo y se aplicó a buscarlo a través de la literatura. También estoy de acuerdo en que, de alguna manera, Ewers pudo "ver" el avance de las llamadas 'potencias negras'que se abatirían sobre Europa en general, y sobre Alemania en particular, después del final de la 1 Guerra Mundial. Quería decirle entonces que hace muchos anos traduje varios cuentos de Ewers. Lo siento, pero en castellano jamás se ha editado un libro de cuentos de Ewers, y tan solo recuerdo haber visto tres cuentos traducidos. El muy conocido 'La arana', presente en una gran cantidad de antologías, la'Mamaloi', con el título 'Terror' editado en Argentina en 1927 por la editora PAN dentro de una antología de cuentos mundiales de toda laya, y 'Carnaval en Cádiz', en Argentina, en una antología de la ed. CEAL, ya desaparecida hace más de 20 anos. Voy a buscar los originales mecanografiados y a elegir algunos para su blog. No obstante, debo decirle que no sé alemán, y mis traducciones fueron hechas desde el francés a través de una antología editada en los anos 80'llamada 'La arana', editada por la editorial Marabut. de Bélgica. Si le es útil una traducción llamésmola indirecta, me gustaría enviársela de alguna manera.
Mis más gratos saludos a una persona que ha sabido apreciar el talento de este escritor.
Walter Lombardi, EEUU.

SUPPORT ANIMAL LIBERATION FRONT dijo...

Realmente es un placer leerle, señor Lombardi, y una gran sorpresa saber que su interés por Herr Doktor Ewers le llevó a traducirlo. Yo tampoco lo traduzco del alemán porque apenas lo balbuceo (lo hago del inglés; tampoco puedo decir que lo domine, pero intento hacerlo bien); dado que las editoriales aquí continúan ignorándolo, al infierno con ellas!! Nos las apañaremos nosotros. Sería estupendo que me enviase esas traducciones, por supuesto las pondría aquí, con su firma naturalmente (los que he traducido yo, los suelo subir luego también a Scribd e Internet Archive: "Once Chinos", "Mamaloi", "La caja de fichas", "Salsa de tomate" y "El país de las hadas"; estoy a punto de acabar la de "Mi madre la bruja", también, que muestra su lado más infantil y menos escabroso, y luego me pondré con "La casa del vampiro" de su colega G.S. Viereck, otro relato (una novelette en este caso) inexplicablemente inédita en castellano; aunque puede que la tarea me supere). Mi email: threefall@msn.com . Un saludo

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